Qidan, la legendaria ciudad del rey Ad perdida en el desierto de Arabia

Ruinas en el desierto / foto Shutterstock

Lo que viene a continuación parece el argumento de una película clásica de aventuras pero se trata de un hecho real. Un hecho envuelto, además, en una polémica aún por aclarar del todo. Pero tiene todos los elementos para resultar interesante: un lugar exótico, el descubrimiento de una ciudad perdida, un contexto bélico, la controversia sobre la veracidad del asunto…

En 1944, con la Segunda Guerra Mundial aún sin terminar, un avión de carga Lockheed Lodestar perteneciente a la RAF volaba sobre la península arábiga. Había partido de Salalah (sur de Omán) y su destino era Muscat, pero durante el trayecto perdió algunas piezas y el piloto varió ligeramente su rumbo inicial Este para intentar llegar a la base aérea de Sharjah, al norte de los actuales Emiratos Árabes. Apenas habían pasado dos horas desde el despegue y, sin embargo, aquel piloto comprobó con horror que bajo el aparato únicamente se extendía un inacabable océano de arena.

Durante un tiempo debió pasar los peores momentos de su vida, hasta que finalmente, a lo lejos, divisó lo que parecía una pequeña ciudad. Al menos no tendría que hacer un aterrizaje de emergencia en medio de la nada. Descendió a sólo centenar y medio de metros para buscar dónde posarse… y entonces se dio cuenta de que sólo eran ruinas; muchas estructuras arquitectónicas pero probablemente milenarias y, en cualquier caso, completamente deshabitadas. Curiosamente, la extraña ciudad se asentaba sobre la cima de una meseta que constituía por sí misma una espléndida defensa natural, al borde mismo del desierto.

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El avión no tuvo más remedio que continuar su viaje y, felizmente, consiguió alcanzar la base que buscaba. Aquel vuelo, sin embargo, traería cola porque, poco después, un oficial de la RAF que había conocido al piloto quedó seducido por su relato y decidió lanzarse en busca de aquella misteriosa ciudad. Se llamaba Raymond O’Shea y ya tenía plan para ocupar el tiempo durante su próximo e inminente permiso. Así, en compañía de un amigo llamado Shultz, preparó una expedición a espaldas de su comandante, se hizo con un camión, contrató algunos guías locales, y se lanzó a la aventura.

Pasaron por Sharjah, llegaron al oasis de Buraimi y, tras dejar el vehículo, se internaron en el ardiente desierto a lomos de camello. Intentando seguir la ruta descrita por el piloto, alcanzaron el oasis de Liwa y continuaron por enormes dunas en una marcha lenta y difícil. Finalmente, divisaron en el horizonte lo que parecía una elevación orográfica mayor que esas dunas y se dirigieron hacia ella. El último tramo era una colosal montaña de arena que tuvieron que subir a pie, sin los animales. Pero al otro lado…

Al otro lado estaba su ansiado objetivo. En el centro de la meseta se hallaba la ciudad en cuestión, semioculta porque la cima no era llana sino algo cóncava por una depresión del terreno. Todo un espectáculo: edificios de un centenar de metros de longitud, dos grandes torres de doce metros de altura construidas con pesados bloques de piedra unidos con mortero, calles y avenidas medio enterradas por la arena… ¿Qué extraordinaria urbe era aquella?

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O’Shea, que como se puede deducir estaba bastante versado en la historia local, supuso que se trataba de Qidan, la legendaria ciudad perdida del rey Ad, aunque también pensó en un asentamiento defensivo de alguna tribu nómada deseosa de protegerse de los belicosos beduinos de la región. En cualquier caso, tras examinar el lugar durante unas horas, los dos aventureros emprendieron el regreso y, al acabar la guerra, O’Shea publicó un relato titulado The Sand Kings of Oman en el que describía su descubrimiento, animando a los arqueólogos a excavar el sitio.

En realidad, la idea de una ciudad olvidada en la inmensidad del desierto no era nueva. Había toda una tradición de mitos al respecto desde mucho tiempo atrás, reunidos bajo la romántica denominación de Atlántida de las Arenas, según la bautizó el célebre Lawrence de Arabia y que se creía perdida por haber caído en desgracia divina o por algún desastre natural. A menudo se la identificaba con Ubar, una localidad clave en el comercio de incienso que, sin embargo, otros consideran un mero mito, aunque puestos a recordar nombres también hay que recurrir al mismísimo Corán y su alusión a Iram de los Pilares.

Volviendo a la aventura de Raymond O’Shea, prácticamente nadie dio crédito a su historia. Muchas de las cosas que contaba no coincidían con lo que se podía comprobar en vivo: zonas que decía que eran llanas no eran sino grandes sistemas dunares, las distancias de viaje en camello parecían demasiado cortas, el recorrido al galope hacia la ciudad cuando dijo haberla visto era imposible sobre la arena blanda y menos aún por la cresta de las dunas, las coordenadas que aportaba se consideraron improbables respecto a los tiempos de viaje y distancias…

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Sólo parecía estar bien lo que ya era conocido y, por tanto, no podía generar controversia: el punto de partida, los oasis… A pesar de que la localización de O’Shea era bastante exacta (véase el mapa que trazó él mismo, en la imagen anterior), a veinte o treinta millas de Liwa y cerca de lo que hoy es el campo petrolero de Shaybah, nunca se encontró rastro alguno de ruinas o ciudades. Quizá O’Shea erró al calcular su posición pues, al fin y al cabo, los instrumentos de localización de entonces no eran tan precisos como ahora y el propio piloto admitió no tener una idea rigurosa de dónde estaba.

¿Podría la tecnología actual subsanar esas deficiencias y decirnos dónde se encuentra la urbe misteriosa? Es más fácil decirlo que hacerlo, ya que encontrar unas ruinas -que sumarían apenas unos cientos de metros y probablemente se hallen enterradas en la arena- en medio de un desierto de medio millón de kilómetros cuadrados no deja de tener su dificultad, incluso con avanzados satélites. Aún así, se puede ver el vaso medio lleno: en 1992, tras décadas de intentos infructuosos, los avances científicos permitieron descubrir las ruinas semienterradas de Shisr, que Nicholas Clapp, director de la misión arqueológica, identificó con la Ubar que mencionaba antes.

Lo cierto es que, de ser cierta su existencia y no el resultado de la mente agotada de un piloto y la imaginación de un aventurero, la Arqueología tiene otra cuenta pendiente.