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Historia

Cuando la Armada española protagonizó el primer y único caso de abordaje a una posición terrestre


A mediados de los años sesenta del siglo XIX, las islas Filipinas constituían uno de los territorios de ultramar españoles menos colonizados y más difíciles de controlar de todo lo que quedaba de imperio colonial. La razón era puramente geográfica: el archipiélago está compuesto por cerca de siete mil islas, la mayoría de las cuales no tenía presencia hispana. Ello facilitaba que se convirtieran en auténticas bases para la piratería local, toda una forma de vida.

Las luchas para intentar reducirla o, al menos, mantenerla a raya, fueron constantes a lo largo de esa centuria, si bien esa conflictividad entre ambas partes se había mantenido desde el siglo XVI. Los piratas filipinos eran musulmanes, de ahí que se los conociera popularmente como moros, aunque se trataba de gente procedente de la mezcla de las numerosas etnias nativas de la región, entre tagalos, malayos, árabes y chinos. Si bien practicaban la agricultura, ésta se dejaba normalmente en manos de mujeres y esclavos, dedicándose los hombres al asalto, tanto de barcos como de localidades costeras.

A partir de 1840, la Armada emprendió diversas campañas contra ellos, atacando los sultanatos que se desperdigaban en torno a Joló. Derrotarlos en combate podía ser más o menos costoso pero los enfrentamientos terminaban siempre con victoria española, por su superioridad tecnológica, naval y militar en general. Sin embargo, dada la imposibilidad de mantener guarniciones sobre el terreno, el problema se reproducía una y otra vez, como la hidra de siete cabezas. De hecho, la piratería mora no se extinguió hasta comienzos del siglo XX, con Filipinas ya en poder estadounidense, e incluso hoy pervive su belicoso espíritu bajo una forma de nacionalismo islamista en la isla de Mindanao, a cargo del Frente Moro de Liberación Islámica.

Pero hay un momento que me parece especialmente curioso, tanto desde el punto de vista histórico como del militar y es el asalto a Pagalungán. Tuvo lugar en 1859, cuando el gobernador español, ante un rebrote de las razzias moras, organizó una flota con el objetivo de atacar dicho lugar, un fuerte muy bien defendido que, si bien no andaba sobrado de tropa (medio millar de hombres), tenía una empalizada protegida por un gran terraplén y una trinchera, además de varios bastiones alrededor con otros mil soldados y abundantes lantacas (cañones artesanales). La naturaleza colaboraba en la defensa porque, con la pleamar, el agua llegaba hasta los muros, impidiendo un desembarco y el consiguiente ataque por tierra.

La forma en que se salvó este último detalle es la que resulta especialmente fascinante al estudiar ese capítulo. El coronel José Ferrater envió dos columnas, una por tierra a las órdenes del comandante Moscoso, que tuvo que dar media vuelta ante la imposibilidad de avanzar por un impracticable terreno pantanoso, y la otra remontando el río en lanchas, al mando del teniente Méndez Núñez (que alcanzaría gran celebridad en 1865 en la Guerra del Pacífico), que consiguió tomar posiciones muy cerca de los muros.

La Goleta Constancia

Las hostilidades se desataron cuando los barcos españoles empezaron a bombardear Pagalungán como cobertura de la carga de las tropas terrestres. Luego, tres cañoneros lograron romper las cadenas que cerraban el acceso al río y se dio orden a la goleta Constancia de que se lanzara a toda máquina contra la posición con sus marinos encaramados a jarcias y vergas; entre ellos figuraban dos alféreces que también se harían famosos décadas después, al perder sus escuadras contra Estados Unidos en Cuba y Cavite (1898): Pascual Cervera y Patricio Montojo respectivamente.

Al llegar a las murallas, los trozos de abordaje pasaron del barco al fuerte, unos corriendo sobre tablas tendidas ad hoc, otros haciéndolo sobre el bauprés, ante el estupor de los defensores moros. La misma naturaleza que garantizaba la defensa fue su perdición. Pagalungán fue tomada y destruida junto con el resto de bastiones y la flota de praos enemigos, aunque la piratería aún duraría medio siglo. Pero la Constancia protagonizó así el primer y único caso conocido de abordaje a una posición terrestre.