smoking hills

Smoking Hills: las colinas de Canadá que arden desde hace siglos

John Franklin fue un explorador británico que dirigió varias expediciones al Ártico entre 1819 y 1843. Su objetivo principal era la búsqueda del legendario paso del Noroeste entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico.

En 1925 inició la segunda de sus expediciones, dirigiéndose hacia la boca del río Mackenzie, desde la cual esperaba seguir la línea de costa hacia el Oeste y encontrarse con Frederick William Beechey, que seguiría la ruta Este desde el Estrecho de Bering. El 16 de agosto de ese año Franklin se convirtió en el segundo europeo que lograba alcanzar la desembocadura del Mackenzie. Un año más tarde intentó seguir el camino del Oeste como tenía previsto, pero no tuvo éxito y solo llegó a unos 240 kilómetros de Point Barrow al norte de Alaska, donde les esperaba Beechey.

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Sin embargo por el camino se encontró con un curioso fenómeno. Altas columnas de humo salían de la tierra en la costa, a unos 350 kilómetros al oeste del delta del Mackenzie. El humo no provenía de hogueras sino de la propia tierra.

Se trata de depósitos de lignito que llevan ardiendo continuamente desde hace siglos, y que probablemente seguirán ardiendo mucho tiempo más. La autocombustión se produce por una reacción química entre el carbón y el azufre contenido en las rocas.

El alto contenido en dióxido de azufre del humo, convierte a las Smoking Hills, como las bautizó Franklin, en una importante fuente de contaminación natural. Al mismo tiempo que constituyen un espectáculo natural. La población más cercana es Paulatuk, a 105 kilómetros al este.

Franklin volvió a embarcarse en otro intento de hallar el paso del Noroeste en 1845. Esta vez la suerte le fue totalmente adversa y desapareció con sus dos barcos y 129 hombres, para no regresar jamás.

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Cinco años más tarde, en 1850, el capitán Robert McClure partió en su busca. Divisando las Smoking Hills pensó que podían ser fuegos encendidos por los supervivientes de la expedición de Franklin y envió una partida para investigar. No encontraron nada, pero se llevaron un pedazo de roca. Al depositarla sobre el escritorio del capitán en el barco la autocombustión produjo un agujero en la madera, ante la mirada de los sorprendidos espectadores.

En cuanto a Franklin, el año pasado por estas fechas finalmente se hallaron los restos de uno de los dos barcos de su expedición, casi 170 años después.