Fritz Ritz, los prisioneros alemanes que vivían en Texas mejor que los propios texanos

¡Cuántas películas y novelas se han hecho sobre los campos de prisioneros alemanes de la Segunda Guerra Mundial! El duro trato inflingido a los soldados y sus inauditos intentos de escapar han sido sobradamente glosados, en obras como La gran evasión, La fuga de Colditz o Traidor en el infierno, entre otras. En cambio, muy pocas veces se ha tratado el caso contrario: el de los soldados alemanes capturados. ¿Cómo era su cautiverio?

El caso es que a medida que fue avanzando el conflicto y decantándose a favor de los aliados, el número de prisioneros fue aumentando progresivamente, alcanzando cifras que empezaron a constituir un problema de logística. Las islas británicas, transformadas en auténtica base militar, ya no eran el lugar idóneo por su cercanía a las líneas enemigas y porque la atención debía centrarse en alimentar y alojar a las tropas propias. Así que, entre 1943 y 1945, más de 400.000 alemanes fueron enviados a Estados Unidos, donde se había creado más de medio millar de campos de prisioneros.

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Muchos de ellos terminaron en Texas, por el amplio espacio disponible y el clima cálido; al fin y al cabo, la Convención de Ginebra (1929) establecía que los prisioneros debían ser ubicados en climas similares a aquellos en los que habían sido capturados y buena parte de aquellos alemanes se habían rendido en el norte de África, careciendo de ropa para aguantar frío. Así que Texas acogió el doble de reclusos que otros sitios: 78.000.

Uno de esos sitios, Camp Huntsville, estuvo listo en la primavera de 1943. Tenía 400 edificios repartidos por sus 338 hectáreas y no tardó en ser conocido por los lugareños como Fritz Ritz. ¿Por qué? Porque, al igual que en los demás, tanto las instalaciones como el régimen carcelario eran bastantes cómodos. Los oficiales gozaban de mucho espacio en sus barracones -36 metros cuadrados para cada uno- y el resto de prisioneros podía tomar el sol y jugar al fútbol, disponían de agua caliente y ropa de cama, se les proporcionaba buena comida -cerveza incluida- e incluso podían acceder a estudios universitarios, consiguiendo créditos que serían válidos para universidades de su país al acabar la guerra.

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La vigilancia tampoco era demasiado rígida; al fin y al cabo una fuga no tenía mucho sentido porque el océano Atlántico les separaba de casa, así que los propios oficiales germanos se encargaban de mantener el orden entre los suyos. Y si, pese a todo, alguien se empeñaba en escapar y era capturado, el castigo se reducía a un mes de encierro. Es más, hay registrados casos de soldados linchados por sus compañeros al intentar introducir de contrabando una emisora de radio.

Paradójicamente, esa laxitud provocaba el aburrimiento de no pocos prisioneros que empezaron a interesarse por el american way of life y aceptaron someterse a una especie de cursos de reeducación, donde les enseñaban conceptos de democracia e historia de Estados Unidos, respeto a otras razas, etc. Se esperaba que al regresar a Alemania encabezaran una nueva generación de ciudadanos que dejaran atrás las ideas nazis.

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Por raro que parezca, esa situación no era bien vista por muchos texanos. De hecho, hubo quejas de los habitantes del vecino Huntsville, que no entendían por qué aquellos alemanes casi vivían mejor que ellos mismos, que tenían que sufrir racionamiento y habían perdido a sus familiares y amigos en el frente a manos de aquellos teutones tratados a cuerpo de rey. No obstante, hubo una forma de cambiar esa animadversión: muchos alemanes aceptaron trabajar voluntariamente en Huntsville, bien como enfermeros, bien en el campo (¡a veces recogiendo algodón!). Se identificaban con las siglas PW cosidas a la ropa y ganaban entre 80 centavos y un dólar y medio diario, contribuyendo a levantar la economía local. A veces comían con sus empleadores y, en algunos casos, llegaron a casarse con texanas.

A partir de 1945 se incrementó de forma importante el número de prisioneros, pues se enviaban a Estados Unidos unos 60.000 al mes. Pero el fin de la guerra estaba ya muy cerca y al poco de terminar el gobierno de Truman empezó a devolverlos a Europa. Algunos regresarían poco después y solicitarían la ciudadanía estadounidense, recordando aquel remanso de paz que les había librado de la dureza del combate; otros pusieron los cimientos de la nueva Alemania, formando una generación distinta ideológicamente.

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En cuanto a los campos, la mayoría se desmantelaron o reconvirtieron en equipamientos de utilidades diversas. El de Huntsville, por ejemplo, es hoy un verde campo de golf; en cambio, el de Hearne se ha conservado como testimonio histórico, parcialmente restaurado y con visitas guiadas.

Vía: Mental Floss