El bonsai tetracentenario que sobrevivió a la bomba de Hiroshima

El pasado 6 de agosto se recordó una de esas efemérides que marcaron la Historia de la Humanidad por constituir el final de una época y el inicio de otra: la explosión de la primera bomba atómica en combate. Fue, como recordarán, en 1945,en Hiroshima, y junto con la siguiente en Nagasaki supuso la rendición del Japón y el final definitivo de la Segunda Guerra Mundial para abrir la puerta a la era nuclear. El poder siniestro de aquel arma hizo que nunca más se volviese a utilizar, resultando una eficaz disuasión durante la posterior Guerra Fría.

Sin embargo, la cosa fue distinta para el 90% de los habitantes de Hiroshima, fallecidos inmediatamente por los efectos de Little Boy. Uno de ellos pudo haber sido Masaru Yamaki, pero la casualidad, en forma de una de las paredes de su casa, quiso que aquel hombre saliera más o menos ileso, al margen de unos cuantos cortes por la rotura de los cristales de una ventana. Yamaki vivía aproximadamente a 3 kilómetros del epicentro de la explosión, lo que supuso estar en una zona lo suficientemente alejada como para que su vivienda aguantara en pie la onda expansiva.

Bonsai tetracentenario sobrevivio bomba Hiroshima 1

Así que Yamaki sobrevivió y, con él, su familia. La humana y la vegetal, porque resulta que aquel japonés era un maestro de esa especialidad jardinera que consiste en criar árboles en miniatura. Bonsáis. Un muro rodeaba el vivero donde éstos crecían y sirvió para protegerles también. Entre ellos había un ejemplar de más de 3 siglos de edad, un pino blanco que sigue vivo y ya ha alcanzado unos alucinantes 390 años.

Hoy en día se puede ver en el National Bonsai and Penjing Museum, que está en el National Arboretum de Washington (Estados Unidos) porque el Pino Yamaki, como ha sido bautizado, fue donado a ese país, junto a medio centenar más de los ejemplares, por la Asociación Japonesa del Bonsái con motivo de la celebración de su segundo centenario en 1976. Sin embargo, la historia de aquel bonito y pequeño árbol no se conoció hasta mucho después, cuando en 2001 los nietos de Yamaki viajaron a Washington y visitaron el lugar.

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Allí narraron su impresionante historia -había pertenecido a la familia durante 6 generaciones-, su milagrosa supervivencia y su traslado a Estados Unidos como símbolo de la relación amistosa surgida entre este país y Japón tras la guerra. Representaba, en palabras de Henry Kissinger, «la atención, el pensamiento, la atención y la larga vida que esperamos que tengan nuestros dos pueblos». Y, efectivamente, los 53 bonsáis nipones comparten hoy espacio con otros 300 criados en Norteamérica y China (penjing es la palabra china que equivale a bonsái).

Y es que, dicen los expertos orientales, un bonsái crece continuamente y necesita atención y cuidados constantes como si de una mascota se tratara, hermanando horticultura y arte. O sea, que no es sólo un árbol sino todo un estilo de vida. Vida. Ésa es la palabra clave. Quizá por eso no sucumbió al horror nuclear.

Vía: Smithsonian