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Un parque con crestas aísla de los ruidos de los aviones en Ámsterdam


Probablemente no hay pesadilla peor, para quien tiene su casa cerca de un aeropuerto, que ser despertado por el ruido de los aviones en sus maniobras de aproximación, aterrizaje y despegue; algo extensible a la jornada diurna, en la que la cosa se agrava por la frecuencia de los vuelos. Enfermedades nerviosas y cardíacas son el resultado.

Pero en Ámsterdam parecen haber dado con una solución al problema: un parque que sirva de amortiguador sónico. Al final, resulta que la propia naturaleza puede solventar, al menos parcialmente, las molestias para los vecinos. Eso sí, una naturaleza debidamente retocada y adaptada las circunstancias por la mano del Hombre.

El Aeropuerto de Schiphol es el cuarto más grande de Europa y se halla en un país llano, sin relieve orográfico alguno, lo que impide encontrar barreras naturales contra el ruido de las aeronaves. Se construyeron algunas artificiales, como las de las autopistas, que no resultaron de utilidad dado el volumen que alcanzan los motores de los aviones.

Pero en 2009 se hizo un sorprendente descubrimiento: al parecer, el nivel de dicho ruido descendía durante el otoño. Estudiando la cosa más a fondo, se llegó a la conclusión de que ese fenómeno estaba relacionado con la agricultura. Y es que en esa estación se labraban los campos de los alrededores y los surcos absorbían las ondas de sonido, dispersándolas y reduciendo su negativo efecto en el oído humano de los habitantes de los barrios del entorno, si no totalmente si a la mitad.

De manera que los técnicos decidieron seguir el ejemplo y crearon una serie de singulares e inéditos parques, distribuidos en torno al aeropuerto, cuya característica principal era estar hechos a base de hileras de crestas separadas entre sí por once metros. De esa forma, las ondas de baja frecuencia son interrumpidas al pasar por la zona y dispersadas, con lo que no llegan a las viviendas o lo hacen muy mermadas.

Según los cálculos, esas crestas -unas ciento cincuenta en total, de tres metros de alto por once de ancho- consiguen reducir el ruido en cinco decibelios, así que se construirán más para doblar el positivo resultado. El encargado del diseño fue el artista Paul de Kort quien, en colaboración con HNS Landscape Architects, se inspiró en un experimento del siglo XVIII en el que se observaba el comportamiento de puñados de arena o sal sobre una bandeja metálica ante las vibraciones que provocaba un violín.

Ahora buscan dotar al parque de algo más que esa función. Su idea es que pueda ser un parque de verdad, por lo que han añadido senderos laberínticos, espacios para picnics entre las crestas, esculturas, puentes, estanques que reproducen en el agua las ondas de sonido, amplificadores de graznidos de las aves, etc.

La idea es lo suficientemente atractiva como para que haya empezado a ser tomada en consideración en otros sitios donde el terreno llano lo permita. Así, los aeropuertos de Londres-Gatwick y Melbourne ya están colocando barreras naturales similares contra el ruido.

Vía: Fastcoexist