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Los hoteles insólitos de Harlingen: el faro


La ciudad holandesa de Harlingen, en la provincia de Frisia, es una pequeña urbe costera de vocación y carácter marcadamente marinos, base del ferry que lleva hasta las Islas Frisias, Terschellin y Vlieland. Pero incluso un lugar tan, a priori, poco turístico como ése (digo a priori sólo por su desconocimiento, ya que es un sitio incluido en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 2009), se las ha arreglado para crear un atractivo: sus extravagantes hoteles.

Y es que un visitante al que se le haya metido en la cabeza acercarse por esos lares -que, pese a todo, resultan agradables- dispone de tres alojamientos que se pueden tildar de insólitos, como mínimo. ¿Por qué? Porque se ubican en instalaciones previamente creadas para otro uso y debidamente reformadas para el nuevo. Concretamente, se puede elegir entre una grúa portuaria, una lancha de salvamento y un faro.

Centrémonos hoy en este último, que es el, digamos, más normal. Se trata de una torre bastante más elegante que otras de su tipo, construida en piedra y acero, con forma cuadrangular y estilo art déco, en pleno centro del puerto antiguo, al lado de la estación naval y descollando sobre el resto de edificios de viviendas que la rodean. O sea, en el casco histórico, muy animado, lleno de comercios y servicios.

Su misión principal era alertar con su luz a los barcos de la proximidad del litoral, donde unos traicioneros bajíos arenosos constituyen una amenaza. De hecho, no era único faro de la zona sino que formaba parte de una línea de ellos -una veintena-, alguno de los cuales también se ha reaprovechado (en este caso para museo). El que nos ocupa fue erigido entre 1920 y 1922 según diseño del arquitecto C. Jelsma en sustitución del anterior, que había funcionado de 1904 a 1921 y, a su vez, había suplido al original, levantado en 1750 y demolido en 1872.

Otro arquitecto, B. Pietersma, fue el encargado de dirigir su restauración, que duró más de un año y se terminó en 1999. Mide veinticuatro metros de altura y es bastante más amplio por dentro de lo que suele ser habitual. Las tres plantas de que está compuesto ese interior, enlazadas mediante una escalera cuyo recorrido requiere cierta voluntad y esfuerzo -dados sus ochenta escalones-, ofrecen al huésped un dormitorio con cama doble, un cuarto de baño, sala de estar, televisión, cadena musical, minibar y otras comodidades, incluidas las vistas panorámicas en trescientos sesenta grados y una terraza con balcón en la parte alta, rodeando el fanal.

Pero lo mejor es, sin duda, que ya no hay lámpara y en el hueco se ha colocado una estación de radio que permite seguir el tráfico marítimo y analizar la meteorología. Por lo demás, el precio incluye el desayuno, que es llevado hasta el pie de la escalera por una camarera; a partir de ahí es cosa del cliente. Por cierto, el coste de pernoctar en el faro de Harlingen no es precisamente asequible, contándose en bastante más de trescientos euros. Claro que quien se hospede allí es porque realmente tiene interés y habrá hecho un alarde de testarudez: hay que reservar con un año de antelación aproximadamente.

Más información: Vuurtoren van Harlingen