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Las insólitas criaturas steampunk de Igor Verny


Ya hablamos en alguna ocasión del steampunk, ese subgénero literario y cinematográfico que combina fantasía con imaginería decimonónica, originando una curiosa ciencia ficción de ecos y ambientación victoriana que ha hecho especial fortuna en el cómic y el anime.

En esa línea va el trabajo de un joven artista ruso llamado Igor Verny. Admirador declarado de autores de referencia que han servido de inspiración evidente para el steampunk, caso de Julio Verne o H.G. Wells, Verny ha creado toda una serie de obras con esa estética, con dos particularidades a destacar.

La primera es que funde en ellas vida y mecánica, por cuanto muchas de ellas representan formas animales pero artificiales; eso sí, con un concepto diferente a aquel de la biomecánica que ideó otro artista inclasificable, el suizo H.R. Giger, creador del Alien de Ridley Scott. En este caso se trata de auténticos robots pero cuyo presunto movimiento -en realidad inexistente más allá de la mera articulación de sus extremidades u otras partes- es a base de puro engranaje, sin el componente electrónico y, por tanto, algo más tosco.

La segunda es que, para construir esos modelos, utiliza material reciclado. Todo tipo de piezas procedentes de coches, relojes, televisores y artilugios diversos: muelles, ruedas dentadas, tubos de goma, cadenas de bicicleta, tornillería, chapa… A veces, cada obra se abre mostrando los mecanismos interiores y el resultado recuerda bastante a Bubo, aquella legendaria lechuza mecánica que Atenea le regala a Perseo en la película Furia de titanes.

De hecho, la imagen final de las criaturas de Verny es muy similar a la de Bubo: amable, simpática, divertida, encantadora… Lo único, que la fauna del ruso es más amplia y alcanza tanto a aves como a insectos, mamíferos, reptiles o peces. Todos en pequeño formato pero grandes en imaginación y diseño.

Lo cierto es que, a falta de un C3PO, un R2D2, un Robby o un Hal 9.000, tendría su gracia disponer de algo así como mascota. No hay que alimentarla -si acaso darle aceite de vez en cuando- ni preocuparse por que enferme o muera. Quién sabe si, en el fondo, el Tamagotchi era profético.