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Cómo el lenguaje y los genes evolucionaron juntos

Lawrence Durrell decía que el lugar hace a las personas lo que son. Parece que no iba muy descaminado, a la vista del descubrimiento de un grupo de investigadores norteamericanos y canadienses

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Investigadores de la Universidad de Stanford han encontrado pruebas de algo que ya afirmada con rotundidad el escritor Lawrence Durrell, que la geografía, los lugares, nos hacen como somos. El nuevo descubrimiento pone de manifiesto que esto es así tanto genética como lingüísticamente.

Hasta ahora era tan solo una teoría difícil de probar. Que según las poblaciones humanas se iban dispersando por el planeta a lo largo de la Historia, esa separación implicaba cambios tanto en la genética como en el lenguaje. De ese modo, al estudiar el ADN y las lenguas a lo largo del tiempo, encontraríamos que ambos siguen unas mismas líneas geográficas.

Para comprobar esta teoría los investigadores estudiaron amplios registros geográficos, lingüísticos y genéticos de cientos de 246 poblaciones y 2.082 lenguas de todo el planeta. El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, cuantifica por vez primera la relación entre estos tres factores.

Para ello compararon la presencia geográfica de dos cosas en la poblaciones humanas: Alelos (cada una de las formas alternativas que puede tener un mismo gen) y fonemas (las unidades de sonidos que componen una lengua).

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En el mapa se puede observar la dispersión de los aleros y los fonemas hallada en el estudio. Las flechas indican que, en la mayor parte del mundo, los lenguajes y los genes ocupan las mismas áreas, e incluso parecen haber viajado por trayectorias similares.

Otro de los hallazgos tiene que ver con el aislamiento. Cuando pequeños grupos de población se separan del núcleo mayor, la diversidad genética disminuye. Sin embargo ocurre lo contrario con los lenguajes, cuanto más aislada está una lengua, mayor diversidad fonética desarrolla. Esto significa que, aunque ambos están ligados a la geografía, evolucionan a distintas velocidades, siendo la del lenguaje mucho mayor que la de los genes.

Vía The Atlantic