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El castillo rojo de Peracense


La Alhambra puede presumir de ser la construcción arquitectónica roja por excelencia en España, ya que, al fin y al cabo, eso significa su nombre en árabe. Pero hay un sitio que lo merecería tanto o más porque el color que presenta se aproxima en proporción mucho mayor a esa descripción y no sólo cuando el sol lo ilumina con sus rayos. Me refiero al castillo de Peracense, que es de época cercana pero está situado, eso sí, en un lugar tan diferente como las montañas de Teruel.

Lo cierto es que ambos son fortalezas y por eso guardan más de un parecido. El principal, tonos cromático aparte, es su ubicación. Porque al igual que el monumento granadino, este castillo turolense se encarama en la irregular y abrupta cima de un risco, adaptándose a los imposibles entrantes y salientes de esa elevación orográfica de forma casi inverosímil, como si fuera de plastilina. Es cerca del cerro de San Ginés, en un escarpado extremo de Sierra Menera, en el Sistema Ibérico.

Lugar estratégico, pues, idóneo para ubicar una posición defensiva, como demuestra el hecho de que se militarizase el punto desde muy antiguo. De hecho, la primera noticia que se tiene sobre ello es de finales de la Edad del Bronce y luego lo fueron ocupando otros pueblos. Los musulmanes lo reforzaron en los siglos X y XI pero los cristianos consiguieron arrebatárselo y, a su vez, lo reformarían en el XIV, bajo los reinados de alfonso Iv y Pedro IV. Era un castillo clave, dada su posición limítrofe entre los reinos de Castillo y Aragón.

El rodeno, la piedra arenisca rojiza sobre la que se asienta el bastión y que forma una imponente y escarpada base a más de mil trescientos metros de altitud, probablemente atrajo el interés minero desde muy temprano, de ahí que los arqueólogos hayan excavado un asentamiento primitivo en la parte sur, testigo de ese primer poblamiento referido. De hecho, el propio nombre de la sierra hace referencia a la abundancia de mineral de hierro, explotado ya por los celtíberos y romanos para más tarde originar la fundación de una empresa ad hoc, la Compañía minera de Santa Menera SA.

Volviendo al objeto del post, los arquitectos medievales dotaron al castillo de recios muros concéntricos y escalonados a base de sillares y mortero que, en algunos puntos, alcanzan un grosor de tres metros y medio; capaces de soportar los disparos de artillería en un hipotético asedio. En realidad, sólo se levantó muralla -dotada de torreones almenados- en las caras sur y oeste, ya que el resto del perímetro estaba protegido por los escarpados farallones naturales de piedra. Es más, el sitio era conocido antaño con el nombre de Pietra solez.

El recinto más interior, donde se halla la torre del homenaje, cuenta también con un aljibe que aprovechaba la lluvias para almacenar agua, lo que reforzaba las posibilidades de resistencia de los defensores. También había graneros, cuarteles e incluso una iglesia con su pequeño cementerio. Especial y graciosa mención para los restos de tableros de juegos labrados en la piedra del suelo, seguramente por soldados ociosos, que aún se pueden ver en el patio de armas.

El valor estratégico del castillo de Peracense decayó cuando los Reyes Católicos pusieron fin, con su unión dinástica, a las luchas intestinas por la corona, acercando sus respectivos reinos a lo que poco después de consolidaría como una unificación territorial. Actualmente revive sus tiempos de gloria con la celebración a primeros de agosto del Encuentro Medieval Peracense, que este 2015 cumplirá su novena edición con recreaciones históricas, exhibiciones ecuestres y cetreras, mercado, actuaciones de trovadores, teatro de época y otras actividades típicas.

Fotos: Peracense