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Casas móviles modulares para trabajar en la Antártida

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Trabajar en la Antártida no puede resultar fácil ni agradable, desde el punto de vista físico. Por eso parece lógico que periódicamente vayan saliendo propuestas y proyectos para mejorar la vida común, el día a día y las condiciones de los investigadores destinados a tan extremas latitudes.

Henry McKenzie es un estudiante de arquitectura australiano que ha concebido lo que llama ARS (Anctartic Research System), una especie de estaciones móviles que, en la práctica, podrían revolucionar el concepto de misión en el Polo Sur. Hablo en condicional porque, evidentemente, se trata sólo de una idea; una de esas que solemos traer a este blog por lo fascinantes que resultan.

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Y es que no me negarán que las imágenes son curiosas. Un refugio modular compuesto por vehículos-casa de diseño futurista que permitirían a sus ocupantes vivir y desarrollar sus investigaciones a decenas de grados bajo cero y con vientos que soplan a muchísimos kilómetros por hora sin el problema extra que supone su movilidad por la nieve en tan extremas condiciones.

Cada unidad tiene capacidad para alojar dos personas, operando en tres posibles fases: trabajo, vida normal y desplazamiento. Durante los traslados, que realizan gracias a un potente motor y unos patines tipo trineo, los Anctartic Research Unit Concept Efforts permanecen cerrados; en la etapa de trabajo, se ensancha su parte central para aumentar el espacio disponible, como si de un globo se tratase.

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¿Cómo es posible? Obviamente no inflándose, claro. Más bien como un puzzle, ya que los ARS pueden encajarse entre sí, como piezas de Lego, para formar un gran área laboral con todos los laboratorios y secciones al alcance de cualquier ocupante sin necesidad de trasladarse de una unidad a otra. Y, a la vez, los pasajeros tienen allí su hogar distribuidos de dios en dos.

Todo esto forma el proyecto de licenciatura de McKenzie, desarrollado bajo la óptica de facilitar la vida de un nómada moderno de forma energéticamente sostenible, integrada en el paisaje y en condiciones especialmente duras. Durante el proceso de recopilación de información, el australiano descubrió que pese al rigor climático, suele haber entre mil y cinco mil investigadores destinados en la Antártida, por lo que pronto se convirtieron en el objetivo idóneo para su estudio.

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El resto consistió en adaptar las directrices principales a esa gente y sus necesidades en el lugar más inhóspito de la Tierra y, además, plasmarlo en imágenes. Para esta última faceta contó con la ayuda del artista Artur Kupriichuk. El resultado son estas imágenes que parecen sacadas de un ćomic de ciencia ficción.

Más información: Henry McKenzie