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La eficiencia energética en los edificios es algo familiar para nosotros desde que a partir del 1 de junio 2013 es obligatorio en España que todas las viviendas en venta y alquiler posean un certificado acreditativo. El cálculo de la eficiencia energética se hace midiendo la energía consumida durante un año en condiciones normales de ocupación. En ella entran como variables la calefacción, refrigeración, ventilación, agua caliente e iluminación. El indicador es el resultante de dividir los kilogramos de CO2 por los metros cuadrados en un año. Si está por debajo de 6.8 kg CO2/m2 tendrá la letra A, si es superior a los 70.9 kg CO2/m2 tendrá la nota más baja, la G.

El principal objetivo de estas iniciativas de eficiencia energética en nuestras casas sería la reducción del consumo de energía, pero sin embargo esto podría tener un negativo impacto en la salud si no tenemos cuidado.

El llamado Cambio climático está considerado como la amenaza contra la salud pública más importante en el siglo XXI y la eficiencia energética es la clave para que podamos reducir la emisión de gases de efecto invernadero (GEI).

En un artículo publicado este año en el British Medical Journal por James Milner y otros autores se aportan datos sobre cómo ciertas mejoras de eficiencia energética en las casas podrían costar vidas debido a la exposición al radón en su interior y el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón.

Estos investigadores afirman que los proyectos de eficiencia energética podrían llevar al aumento del 56.6% de las concentraciones medias de radón en el interior de las casas. Calculan que ese aumento provocaría unas 278 muertes prematuras cada año en el Reino Unido.

La exposición al radón es después del tabaquismo el más importante factor de riesgo en el desarrollo del cáncer de pulmón. El radón es un gas incoloro, que se produce naturalmente por el resultado indirecto de la descomposición del uranio y el torio, pero que puede ser encontrado en el aire del interior de un hogar. Esto genera un polvo radiactivo que se retiene en las vías respiratorias.

Como consecuencia, esta radiación causa daño pulmonar e incrementa la posibilidad de desarrollar un cáncer. Cada año se estima que en el Reino Unido hay 1.400 casos de este tipo de cáncer derivados de la exposición al radón, y en Estados Unidos la cifra se eleva a 21.000.

El aumento de estas concentraciones de radón provienen, según el estudio de Milner, de muchas mejoras de eficiencia energética que alteran la forma en que los edificios renuevan el aire de interior y el exterior. Estas alteraciones a menudo se refieren a la disminución de las pérdidas de energía a través de ventanas mal selladas o puertas.

Sin embargo esas mejoras en el consumo de energía, haciéndo más eficiente un edificio, pueden aumentar los riesgos en la salud. El beneficio obtenido puede contraponerse al aumento de las concentraciones de agentes contaminadores que provienen de fuentes del interior o del subsuelo del hogar.

Un estudio realizado en 2013 sugirió riesgos similares en edificios reformados: crecimiento del moho o el llamado síndrome del edificio enfermo en el que los inquilinos experimentan problemas de salud debidos a vivir en él.

En casos en que la humedad queda atrapada dentro del edificio como consecuencia de una intervención de eficiencia energética habrá más moho en el interior y los vecinos serán más propensos a padecer fatiga crónica, irritación pulmonar y ojos llorosos.

El uso de equipos para controlar la calidad del aire del interior de los hogares podría reducir o eliminar los impactos negativos documentados en estos estudios. Por tanto, habrá que intentar que nuestros edificios sean más eficientes energéticamente pero también controlar el impacto negativo que puedan tener sobre la salud de sus ocupantes.

Vía: The Conversation

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