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El frigorífico cumple cien años


El frigorífico ha cumplido cien años. Desde su invención en 1913, este electrodoméstico se ha generalizado de tal manera en los hogares que hoy resulta casi inconcebible no disponer de uno, pasando de ser considerado un lujo a algo de primera necesidad. Imposible vivir sin un aparato que permite conservar la comida durante muchísimo más tiempo que a temperatura ambiente, con el consiguiente efecto positivo sobre los hábitos de salud y consumo (y, por tanto, del desarrollo económico).

El refrigerador es básicamente un armario aislado térmicamente que produce frío en su interior (entre 2 y 6 grados) por un motor eléctrico de compresión que utiliza un condensador. Los primeros intentos de ese tipo fueron las máquinas de fabricar hielo ideadas por Charles Tellier a partir de 1867. Luego, en 1939, General Electric aportó el frigorífico con congelador aparte.

Según la historiadora Shelley Nickles, el gran impulso de la nevera, como también se lo llama en recuerdo de aquellos añejos pozos llenos de nieve (o simplemente a la sombra) donde se intentaba mantener los alimentos en las mejores condiciones, llegó a mediados de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando los fabricantes la transformaron para difundirla entre la creciente clase media, en una tendencia similar a la experimentada con los automóviles.

Las amas de casa empezaron así a disfrutar de aquellos ingenios que, por entonces, eran mucho más grandes por fuera e incluían compartimentos que hoy ya no existen, como uno un poco menos frío para que la mantequilla se pudiera cortar con mayor facilidad. El gobierno de EEUU, especialmente, desarrolló campañas de impulso para favorecer la adquisición de frigorífico, consciente de la mejora que supondrían para el bienestar de sus ciudadanos.

Y, en efecto, esa generalización arrastró consigo una serie de cambios de costumbres. Los alimentos perecederos dejaron de ser una preocupación y se incrementó su consumo, obligando a aumentar también la producción y multiplicando la aparición de ofertas como el dos por uno. El abanico de alimentos se amplió, enriqueciendo la dieta -a veces para peor- y las amas de casa también experimentaron una mejoría en otros aspectos.

Por ejemplo, regresaban de la compra con más comestibles de los que hacían falta para el día, dado que ahora podían almacenarlos sin miedo a que se estropeasen y cocinar con antelación sin necesidad de hacerlo a diario. Entre esto y que tampoco hacía falta ir a la tienda cada jornada, creció su tiempo libre. Hay auténticos tratados de sociología que demuestran la decisiva influencia del refrigerador en la vida cotidiana y, por tanto, en las costumbres sociales. Expertos como Elizabeth Shove o Dale Sotherton describen los congeladores como máquinas que permiten gestionar el tiempo de su propietario.

Habrá que ver que futuro nos deparan los frigoríficos en otros cien años.

Vía: Pacific Standard