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Cuartos de baño ¿modelos de derroche e insalubridad?


Qué curiosa una noticia que leí estos días: la Fundación Bill & Melinda Gates lleva tres años embarcada en el proyecto de dotar de letrinas seguras y sostenibles a los países necesitados para limitar los focos de enfermedades, un empeño que también ocupa la atención de la ONG Ongawa, Ingeniería para el Desarrollo Humano.

Probablemente una de las mayores comodidades de la vida moderna sea el agua corriente: basta un simple gesto con la mano, se abre un grifo y ya tenemos agua. Durante siglos, la gente tenía que cocinar y lavar con agua traída de pozos o ríos -como en algunos países del Tercer mundo actual-, limitando su consumo a lo que podían cargar. Las aguas fecales se vertían en pozos negros -antes a la calle, sin más- que luego se encargaban de vaciar algunas personas para venderlas como fertilizantes en las zonas rurales. Si no, acababan en algún canal fluvial.

A mediados del siglo XIX, los médicos entendieron que el cólera y otras epidemias tendían a crecer en torno a esos sitios, por lo que los gobiernos empezaron a tomar medidas para suministrar agua en buen estado a las ciudades a través de bombas públicas y canalizaciones que la llevaban directamente a los hogares. El consumo de agua se disparó y cambió algunas costumbres: el cuarto de baño, hasta entonces poco frecuente, pasó a serlo más y apareció la ducha.

Generalmente se cuenta que John Harington, miembro del consejo privado de Isabel I de Inglaterra, fue el inventor del inodoro, aunque no hay evidencias. De todas formas, sin suministro de agua era algo bastante limitado, aunque permitía aislar los desechos orgánicos… que también terminaron en los ríos cuando llegaron los grandes sistemas de alcantarillado, dado que éstos se diseñaron originalmente sólo para desalojar el agua de la lluvia; o sea, pervivía el peligro de epidemias. Parecía darse un paso adelante y otro hacia atrás, aunque dependía del país: en el Japón tradicional, por ejemplo, a nadie se le ocurría poner la bañera en la misma estancia que el inodoro, con lo que la gestión de las aguas iba por separado, vendiendo los excrementos en el campo, y rara vez tuvieron casos importantes de cólera o tifus.

Así, se planteaba una disyuntiva entre dos corrientes de opinión: volver a recoger los excrementos y llevarlos al campo para que sirvieran de abono o dejar que se diluyeran en las grandes masas de agua (océanos, ríos, lagos…). No llegó a haber debate porque la generalización de los inodoros era un hecho y, con ellos, las tuberías que daban a alcantarillas. Ojo, que al principio no se tenía muy claro dónde ponerlos, optándose por armarios (armarios de agua, se llamaban) o huecos bajo la escalera.

El sentido común llevó a crear un espacio común dedicado a ese uso y así nació el cuarto de baño como tal. Por supuesto, sólo las clases adineradas podían permitirse tener uno en casa, mientras que la mayoría de las viviendas disponían de uno para todo el edificio. Estamos hablando del siglo XIX, que también fue cuando se incorporaron a los hospitales (aunque forrados de azulejos o mármol, en vez de las ricas maderas que usaban los más pudientes).

A finales de la primera década del siglo XX, esas instalaciones ya eran similares, al menos en concepto, a las actuales. Los fontaneros procuraban alinear todo para ahorrar tubería, dada la carestía de los materiales y se usaba la misma estancia para hacer las necesidades o para bañarse. Nadie se planteó la diferente naturaleza de las aguas residuales de esas funciones corporales y todo se iba por el mismo conducto hacia el colector, donde se juntaba con el agua de lluvia y terminaba vertido en un río o mar.

Para muchos, los cuartos de baño no son precisamente un modelo de comodidad: la taza resulta demasiado alta (el cuerpo está diseñado para las cuclillas, más bien) y el lavabo, por contra, absurdamente bajo. La ducha puede convertirse en una trampa mortal si se resbala, la ventilación suele ser inadecuada y al funcionar la cisterna sin cerrar la tapa saltan bacterias en todas direcciones, pudiendo alcanzar el cercano cepillo de dientes.

Además, consumimos montones de litros de agua que contaminamos con productos químicos, desechos materiales y orgánicos, etc. Así que cabe preguntarse cómo debería el cuarto de baño del futuro. Los modelos que suelen aparecer en ese sentido ahorran hasta treinta litros, eliminan las aguas por separado, sitúan la ducha en el jardín (si hay, claro)… Los denominados inodoros de compostaje absorben todo por un sistema de vacío y lo mandan a un compostador sin apenas necesidad de agua, para luego ser vaciados por empresas dedicadas a ese servicio; en cierta forma, como los que antaño vaciaban los pozos negros. Así que, al menos, la Historia sí se recicla.

Vía: The Guardian