Las misteriosas esferas de piedra del Diquís


Por raro que pudiera parecer, pese a que Costa Rica presume de ser un auténtico paraíso natural y basa en ello su oferta turística, hasta ahora no tenía registrado ningún patrimonio monumental declarado por la UNESCO. Sin embargo, ya se la ha puesto solución a esa carencia; fue hace unos días y protege una cosa que resulta especialmente curiosa, aunque no tiene la fama que merece: el conjunto de esferas de piedra del Diquís.

Se llaman así por ubicarse en el delta del río homónimo, en la parte suroeste del país. Bueno, por eso y porque se trata de una serie de bolas de piedra, de diferentes tamaños, que se reparten por cuatro sitios arqueológicos de la península de Osa: Finca 6, Batambal, EL Silencio y Grijalba 2.

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Tan curiosos objetos no podían sino hacer trabajar la imaginación de todos cuantos los descubrieron y estudiaron a lo largo de la Historia. Los conquistadores españoles no pudieron hacer ninguna cábala porque en aquellos tiempos permanecían enterradas. Salieron a la luz cuando la tristemente célebre United Fruit Company, la empresa que dio origen al término república bananera y que era medio dueña de América Central en la primera mitad del siglo XX, empezó a talar bosques enteros para cultivar árboles del banano.

Inicialmente, como decía antes, la imaginación hizo hervir las mentes y una antigua leyenda, que decía que en el interior de cada esfera había un grano de café, derivó en un bulo que sustituía dicho grano por oro escondido, lo que llevó a los estadounidenses a volar unas cuantas con explosivos.

Curiosamente, la mitología de varios pueblos centroamericanos en general y costarricenses en particular, como los bribri o los cabécares, identifica las bolas de piedra con los proyectiles que lanzaba Tlachque (o Tara, dios del trueno) con una enorme cerbatana para alejar a los serkes (huracanes).

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La realidad es más prosaica y llegó a mediados del siglo XX de la mano de arqueólogos e historiadores, que, no obstante, tampoco parecen tener muy claro su significado: unos opinan que constituían elementos calendarios agrícolas, mientras que otros optan por considerarlas distintivos de clases sociales o mojones territoriales.

El caso es que hay cientos de esferas diseminadas por la región y el país. Pocas permanecen en su lugar original y suelen repartirse por museos, edificios oficiales, parques, jardines y similares, ya que constituyen auténticos iconos de Costa Rica y sirven perfectamente para la decoración monumental. Incluso se les dedica un festival.

No son todas iguales; unas miden unos pocos centímetros de diámetro mientras que otras alcanzan dos metros y medio, con un peso de dieciséis toneladas. Tampoco están hechas del mismo tipo de roca, siendo la mayoría de gran dureza (pese a que se pulieron mediante técnicas abrasivas) y origen volcánico (granodiorita, gabro) aunque otras, las menos, son de caliza. En cuanto a la cronología, aproximadamente unos novecientos años separan las más antiguas (400 d.C) de las más recientes (1500 d.C), si bien la mayor producción se desarrolló en la segunda mitad de ese segmento.