Nuestros abuelos, los virus


Imagen: Masum Ali en Wikimedia Commons

Cuando hablamos de qué animal es el rey de la creación, los candidatos son numerosos. Unos limitan el abanico al Hombre, claro; otros proponen el león o el tigre y hay quien prefiere algún pez o incluso los pájaros, como decía aquella ornitóloga de la película de Hitchcock. No falta quien es más realista y concede el título a los insectos, mucho más numerosos y con mayor capacidad de supervivencia como especie. Pero ya puestos, los virus los ganan -nos ganan- a todos.

En efecto, esos microorganismos tan sencillos son tantos que si se pusieran uno tras otro la fila mediría cien mil años luz. De hecho, cada uno de nosotros tiene cuatro trillones de esos bichos en su organismo. Lo que resulta irónico es que, pese a su mala fama, probablemente somos lo que somos gracias a ellos. ¿Por qué? Porque nuestros genes, sin los cuales nunca hubiéramos pasado de ser organismos monocelulares, parecen haberles tomado prestada la habilidad de crecer dentro de las células de nuestros tejidos y órganos. También la capacidad de reproducirse sexualmente.

Nuestras células se funden unas con otras dando lugar a otras más grandes. Para ello reciben ayuda de unas proteínas que se adhieren a sus membranas exteriores, rompiéndolas y penetrando dentro. Esta fusión celular es esencial para la reproducción de muchos de nuestros órganos, desde la piel a los músculos o los huesos; y en la placenta forman vasos sanguíneos y protecciones para el feto.

Pero, a pesar de su importancia, nadie sabe exactamente cómo ha sido la evolución de la fusión celular, debido a que las proteínas responsables de ella son difíciles de encontrar. Es más, hasta ahora sólo se han identificado dos tipos. Uno, en 2000: la sincitina, que es esencial para que la placenta se fusione con el útero y se cree que proviene de un retrovirus. Otro, descubierto dos años después, fue bautizado con el frío nombre EFF-1.

EFF-1 sirve para formar la piel de un gusano llamado Caenorhabditis elegans, viejo conocido de los científicos que lo estudian por su simplicidad. En 2007 quedó claro que EFF-1 formaba parte de la familia de proteínas FF… que descienden de virus. Sus estructuras son muy parecidas, por lo que los expertos piensan que el gen de EFF-1 proviene de un virus que infectó a un antepasado del citado gusano.

A los humanos nos pasó algo similar: nuestro genoma está lleno de ADN de virus que infectaron las células de nuestros ancestros hace millones de años y que no consiguieron que dichas células replicaran el ARN intruso, como era el objetivo inicial. Esa información quedó incorporada y ha ido trasmitiéndose durante generaciones y mutando durante el proceso pero permitiendo, a la larga, la formación de las proteínas que llevan a cabo la fusión celular.

Es decir, que estamos en deuda con los virus: aunque sus intenciones no fueran precisamente buenas, al final fueron ellos los que multiplicaron nuestras capacidades y los que, paradójicamente, abrieron la puerta a los seres multicelulares, al permitir el intercambio de información genética entre células.

Vía: New Scientist