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El misterio de las bacterias subterráneas ubicuas


¿Recuerdan Zelig, aquella película de Woody Allen en la que su protagonista tenía la facultad de aparecer misteriosamente en múltiples lugares y momentos históricos? Pues bien, resulta que hay una serie de microorganismos que parecen gozar de una capacidad semejante.

Son diecinueve superbacterias que viven bajo tierra y que los científicos encuentran en todas partes, sin importar la profundidad o la distancia que hay entre los sitios donde se hallan. Nadie sabe cómo se las arreglaron estos bichos para alcanzar tal grado de cosmopolitismo, ubicuidad y globalización

En la superficie terrestre, dos regiones muy separadas, son el hogar de organismos muy diferentes, aún cuando las condiciones ambientales sean similares: los dos polos de la Tierra albergan vida pero mientras en el Norte habitan osos blancos, en el Sur únicamente hay pingüinos. Evidentemente, una especie sólo puede propagarse si es capaz de viajar libremente, pero una cosa es lo que pueden hacer aves y peces, que pueden atravesar cielos y mares, y otra los animales que están en tierra, más limitados de movimientos.

Como dice Matt Schrenk, de la Universidad Estatal de Michigan, «desafía la imaginación pensar en microbios casi idénticos con dieciséis mil kilometros de separación en las grietas de la dura roca». Schrenk forma parte de un equipo internacional de científicos que, bajo la bandera del Censo de la Vida en el Fondo, investiga las profundidades de la corteza terrestre, en un segmento que va desde cien a dos mil metros.

Para su trabajo recurren a pozos de extracción y equipos de perforación con los que horadan el subsuelo en un amplio arco geográfico, desde Canadá a la Antártida pasando por el fondo del océano. Las muestras obtenidas se envían al Laboratorio de Biología Marina de Woods Hole, Massachusetts (EEUU), donde la especialista Sharon Grim las analiza para aprender más de la vida microbiana subterránea.

Y resulta que hay un grupo de microbios que aparece una y otra vez en todos estos entornos. No necesariamente en masa, pues algunos son muy raros y sólo representan un uno por ciento de la vida total presente; sin embargo, ahí están. Algo que desconcierta: «Es difícil establecer una sola hipótesis de cómo los organismos se extienden tan ampliamente», admite Rick Coldwell, de la Universidad Estatal de Oregón. Tal vez se mueven bajo tierra, pero es difícil explicar cómo una mina de oro de Sudáfrica, por ejemplo, está vinculada a las bolsas de metano congelado bajo el fondo del mar de Indonesia.

Quizá los seres que viven en el subsuelo de todo el planeta se ven obligados a evolucionar de forma similar debido a los escasos recursos disponibles, con una existencia al límite de la vida; una especie de muertos vivientes. Sharon está buscando en un único gen que se utiliza comúnmente para identificar tipos de bacterias porque es posible que todos estos microorganismos puedan llevar a versiones similares de un gen; el problema es que no todos estarán ligados entre sí.

La teoría de Schrenk resulta más controvertida: muchos de los organismos se han encontrado en minerales de serpentina, que se forman bajo condiciones similares a las que pudo haber donde la vida se inició por primera vez hace millones de años. Schrenk sugiere que los microbios podrían haber evolucionado en ambientes primordiales similares y fueron transportados por todo el mundo por la tectónica de placas.

«Estos resultados implican un carácter común de la colonización del subsuelo del planeta -dice Barbara Sherwood Lollar, de la Universidad de Toronto, que estudia los ecosistemas antiguos conservados en el interior de una mina de Canadá- Determinar cómo y cuándo sucedió eso es el siguiente paso crítico».

Colwell es más cauteloso: «No me siento cómodo diciendo que estos organismos podrían haberse propagado desde un lugar. Pero dadas las condiciones estables que hay en las profundidades, creo que los microbios pueden haber estado allí durante eones y seguirán allí mucho después de que la vida en la superficie haya desaparecido. Estoy dispuesto a pensar en la biosfera del subsuelo como el refugio del pasado y futuro para la vida microbiana. Y cuando el sol termine su ciclo y la Tierra se haya freído, será el último lugar donde la vida parpadee en la oscuridad».

Vía: New Scientist