La polémica de las cucarachas teledirigidas desde el iPhone

Cuando se quiere despreciar a alguien es típico compararlo con una cucaracha, un insecto que se equipara a la basura y destinado, en lo tocante a su relación con el ser humano, a acabar muerto por insecticida. Incluso durante el genocidio de Ruanda los hutus llamaban cucarachas a los tutsis indicando, inequívocamente, su prescindible existencia y su inequívoco final.

Pero ahora resulta que esos bichos han encontrado un forma de resultar interesantes, engrosando así las exiguas razones que hasta ahora servían para salvarlos, a saber, su utilización en el cine (una especie concreta de cucaracha que es un poco más limpia que las otras y de color rojizo) o su exhibición en terrarios. Eso sí, se trata de un nuevo uso polémico, criticado por algunas voces que claman contra lo que consideran una manipulación inmoral y cruel de lo que son, al fin y al cabo, animales.

La idea es un poco enrevesada. Se trata de coger una cucaracha y colocarle un chip encima, a manera de concha de caracol, desde el que parten unos electrodos que deben introducirse en el cuerpo del insecto, conectados a sus antenas. A través de ellos se envía una señal de electroestimulación que permite controlarlo a distancia, puesto que dichas antenas son las que le sirven para detectar obstáculos en el camino, haciéndolo dirigirse hacia donde uno quiera.

El invento se llama RoboRoach y no está concebido para grandes fines sino como medio pedagógico para los niños. O eso dicen sus creadores, Greg Gage y Tim Marzullo, dos ingenieros de la Universidad de Michigan, que pretenden ilustrar a los escolares de aproximadamente diez años cómo es el control mental sin necesidad de costosos equipos, puesto que el mando para teledirigir a las cíbercucarachas es un simple iPhone.

En fin, como cabía esperar, PETA ha puesto el grito en el cielo. Sus representantes rebajan el tono científico aludiendo a violación de las leyes contra la integridad animal y calificando a RoboRoach de simple juguete. Es más, otros científicos también se han sumado a las críticas descalificando el proyecto.

La pareja de ingenieros se defiende diciendo que las cucarachas no sufren porque antes de meterles los electrodos han de sumergirse en agua helada para anestesiarlas; además recomiendan siempre la presencia de un adulto supervisando. Por último, insisten, los insectos enseguida se acostumbran a las señales y dejan de obedecerlas, momento en que deben ser traspasados a una jaula y dejarlos vivir tranquilos como una mascota más.

A mi no me parece ni un estudio neurológico ni un juguete sino un simple negocio. Gage y Marzullo lo financiaron a través de Kickstarter, donde recaudaron 9.000 euros en apenas un mes para fabricar los primeros microcircuitos y la app de control, pero ahora comercializan el producto al considerable precio de 74 euros -más otros 18 por una docena de cucarachas, sin contar el merchandisisng complementario, a base de camisetas y tazas- y ya llevan vendidas 300 unidades; echen cuentas, salen 28.000 euros. Y eso que empezaron este verano.

Más información: Kickstarter