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La Alberca, el pueblo donde se detuvo el tiempo


Si alguien quiere visitar La Alberca debería hacerlo bien provisto de algún ejemplar del Quijote o cualquier otra obra literaria del Siglo de Oro porque difćilmente encontrará un entorno más apropiado para su lectura. El tiempo no parece haber pasado por algunos rincones de este pueblo salmantino, como ocurre con otros de Castilla-León, y el visitante tendrá la sensación de verse teletransportado a una época pasada, entre calles de tosco empredrado, casas de fachadas a base de piedras acumuladas y encaladas entre sus vigas de madera vista, soportales columnados sosteniéndolas y ermitas que parecen doblarse no se sabe si bajo su propio peso o el de los años.

Otro detalle que otorga un encanto especial al lugar son las inscripciones religiosas talladas en la roca de los dinteles; no por tener un carácter artístico ni porque uno sea religioso sino porque son indicativas, a ojos de los expertos, de que en esas viviendas habitaban conversos, obligados por tanto a hacer una demostración especialmente explícita de su nueva devoción por la fe católica. Y eran muchos, a juzgar por la cantidad de ellas que se conservan.

Foto n-aleks en Wikimedia Commons

De hecho, La Alberca se puede considerar un auténtico crisol de las culturas cristiana, judía e islámica, aunque en cuanto a nacionalidades se refiere la cosa se ramifica aún más: poblada desde el Neolítico, por allí pasaron romanos y visigodos, franceses (por la repoblación que ordenó Alfonso IX) que dejaron numerosos topónimos, portugueses (una tradición narra su derrota y pérdida de pendón a manos de mujeres albercanas)…

En 1434 se encontró la imagen de la llamada Virgen de la Peña de Francia, que dio origen a la construcción de un santuario, visitable y estación de paso para el Camino del Sur que hacían los peregrinos a Santiago de Compostela. Si me hacen caso y echan mano del Quijote verán una cita sobre el tema, al igual que Lope de Vega sitúa allí una de sus obras (Las Batuecas del duque de Alba).

Pero con libro o sin él, recorran sus calles y admiren su pétrea arquitectura popular, salpicada de escudos labrados (entre ellos el de la Inquisición) e incluso calaveras en las oquedades de los muros. Una arquitectura, declarada Conjunto Histórico Artístico y Bien de Interés Cultural, que se reparte por un plano laberíntico e intrincado que tiene como eje principal la bella Plaza Mayor, de balcones floridos y crucero en el centro, a la que se asoman el Ayuntamiento y donde el 16 de agosto, con motivo de las fiestas patronales (de Interés Turístico Nacional), se escenifica La loa, uno de los autos sacramentales más antiguos de España.

Foto Turol Jones en Wikimedia Commons

Tampoco deberán dejar pasar la ocasión de probar la gastronomía local, especialmente el cabrito cuchifrito o el hornazo de embutidos. Y si quieren llevarse un recuerdo, son típicas la orfebrería (sobre todo las brazaleras, serie de collares de plata y coral que cubren casi medio cuerpo) y los bordados serranos de trajes, colchas y manteles, que representan motivos de la vida (corazón, león, águila bicéfala…).

Por último, desde La Alberca se pueden hacer excursiones al entorno para ver la sierra, el valle de Las Batuecas o las pinturas rupestres, elemento éste muy curioso porque aún se cuentan leyendas de hombres primitivos que viven en estado salvaje.

Más información: La Alberca

Foto de portada: Cruccone en Wikimedia