El inaudito Día de los Muertos mexicano

Vamos a continuar el tema del día aterior pero por otras latitudes. La fiesta del primero de noviembre no alcanza unas dimensiones tan insólitas en ningún sitio como en México. Allí se compone en realidad de dos jornadas: la primera, nuestro día de Todos los Santos, es para los mexicanos el Día de los Angelitos y está dedicada a los niños fallecidos, recuperando quizá la creencia azteca en el Chichihuacuauhco (lugar a donde iban los niños al morir); la segunda, nuestros Fieles Difuntos, se conoce como Día de los Muertos y se centra en los adultos.

No piensen que los mexicanos se limitan a ir al cementerio a llevar unas flores y limpiar las lápidas. La peculiar concepción que tienen de la muerte les lleva a celebrar rituales tan pintorescos como levantar altares caseros con juguetes para los pequeños que ya no están, guardarles el hueco en la mesa durante el preceptivo banquete familiar o incluso acudir de noche al camposanto para depositar sobre las tumbas velas, fotos y ramos (el cempasúchil es la flor tradicional) pero también, atención, comida, licores o tabaco, compartiendo así la velada con los difuntos en un ambiente, por cierto, de alegría, con música y baile.

Estas costumbres se dan, sobre todo, en los estados de Oaxaca y Michoacán, así como en la región Huasteca, aunque todo el país celebra el Día de los Muertos de forma estentórea, con algunos elementos inconfundibles que ya constituyen auténticos iconos. Entre ellos figuran las calaveritas, unas rimas en clave de sátira, aunque los más evidentes son gastronómicos: si nosotros degustamos huesos de santo, los mexicanos hacen lo mismo con el pan de muerto; y no me digan que nunca han visto los ataúdes y los cráneos sonrientes, muchos de ellos comestibles, otros de papel con mera función decorativa o para regalar con el nombre del beneficiario.

En ese sentido también hay que destacar el papel destacado que juega la Catrina, una figura caricaturesca creada por el artista José Guadalupe Posada y bautizada por el gran Diego Rivera, con la forma de un esqueleto femenino ataviado a la manera decimonónica, representando a las garbanceras, es decir, las personas que se vestían a la europea pese a ser indígenas. Esos días de noviembre -aunque en realidad ya es un símbolo omnipresente en cualquier fecha- hay catrinas por todas partes, tanto en versión muñeca como en disfraz, y quien viaje a Aguascalientes, localidad natal de su creador, verá que incluso le han levantado un monumento al personaje.

Parece clara la intención de toda esta parafernalia festiva: rebajar el impacto anímico de la muerte, familiarizarse con ella para banalizar su terrible poder y trocar la pena por alegría. Ahora bien, si nos fijamos en la parte ceremonial resulta inevitable recurrir al sincretismo: los sacerdotes católicos llegados al Nuevo Mundo se toparon con el Hanal Pixan maya (fiesta de las ańimas; los mayas creían en un inframundo llamado Xibalbá), el Xantolo huasteco (otra fiesta con ofrendas de alimentos a los difuntos) y el culto azteca al dios Micthantecuhti y su esposa Mictecacihuatl, señores del reino de Mictlán (la muerte común, pues en Mesoamérica había varios tipos; ya vimos antes el de los niños pero además los ahogados iban al Tlalocán y los caídos en combate al Omeyocán), y los cristianizaron adaptando sus fechas de celebración (verano) al calendario cristiano.

El resultado, tan repetido en otros países y con otras divinidades, es allí esa extraña amalgama que desde 2003 está protegida como Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO.

Foto: Alfonso Martorell en Wikimedia