La Rificolona florentina


Florencia suele ser la tercera en discordia -no necesariamente por ese orden-, la que completa el pódium de ciudades turísticas italianas que componen a Roma y Venecia. Y como pasa en todas ellas, pasear por sus calles es como hacerlo por el decorado de una película de época, en este caso sobre el Renacimiento: palacios, estatuas, loggias, puentes, iglesias…

Otro elemento que recrea tradiciones de otros siglos es el que constituyen algunas fiestas, algo común a la Toscana en general. Y una de las más importantes y antiguas en Florencia es la Rificolona, que hunde sus raíces en el siglo XVII. Era costumbre que cada 7 de septiembre los campesinos acudieran a la ciudad para celebrar la vigilia del nacimiento de la Virgen ante la imagen de la Anunciación en la Basílica de la Santissima Annunziata y, de paso, vender los productos de sus huertas en el mercado que se organizaba en torno al templo y que era conocido como Fierucola (Feriecilla).

Aquellas gentes se levantaban por la noche y realizaban el trayecto a la luz de las estrellas para llegar temprano y establecerse en el mejor puesto posible. Bueno, para ser exactos no caminaban sólo iluminados por los astros nocturnos sino también por unos farolillos que colgaban de unos bastones y estaban confeccionados de papel, abiertos en su parte superior y con velas dentro.

Con tales luminarias se alumbraban igualmente, una vez ya en Florencia, esperando que amaneciera, cantando en honor de la Virgen en el claustro de la basílica, que se abría para acogerlos. Los jóvenes urbanitas florentinos solían acercarse allí para para burlarse de ellos, especialmente de las campesinas, a las que denominaban despectivamente fiericulone (algo así como feriecillonas), de donde deviene la palabra rificolona. Ésta ha perdurado en el dialecto toscano para designar a una mujer de mal gusto para vestir.

También se conserva la costumbre de los farolillos, las rificolonas actuales, que se siguen haciendo de cartón o papel pero ahora con múltiples formas, en lugar de las exclusivamente femeninas que se hacían al principio; predominan las que representan la media luna. La noche del 7 de septiembre, los jóvenes florentinos pasean por las calles de su bella ciudad llevando rificolonas de colores, cantando y armando jarana con campanas y silbatos. Desde mediados del siglo XX también suelen decorar las barcas que navegan por el río Arno, pero todas, terrestres y fluviales, acaban consumidas por el fuego como símbolo del final de la festividad.

Foto: sailko en Wikimedia