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Un paseo por Mombasa


Ya he explicado alguna vez que frente al África interior negra, cuyo atractivo principal son los safaris, hay otra costera, en la que predomina la cultura swahili, resultado de la mezcla entre indígenas y árabes. Esta zona litoral desvía el interés turístico a los restos monumentales, tantó swahilis como cristianos, aparte de las playas.

En algún post hablé de Lamu pero antes de que este archipiélago o la tanzana isla de Zanzíbar despertaran la atención de los visitantes, el pastel más sabroso era Mombasa, al menos que lo que concierne a Kenia. Al fin y al cabo se trata de la segunda ciudad del país tras Nairobi y cuenta con un importante puerto e industrias, asentado todo ello en una isla.

A pesar de su currículum histórico no hay restos arqueológicos en demasía, ya que la estratégica ubicación hizo que la posesión Mombasa fuera muy apetecible y, en consecuencia, a menudo se convirtió en escenario de batallas y bombardeos. De hecho, su nombre swahili es Kisiwa Cha Mvita, que significa Isla de la guerra: persas, árabes, portugueses, omanitas y británicos se fueron sucediendo en la dominación.

Si alguien se está planetando conocerla que tenga en cuenta que allí tampoco hay playa (salvo que se desplace unos kilómetros hasta Likony o Nyali), por lo que habrá de asumir que el paseo será fundamentalmente cultural. Y ese paseo habrá de empezar por la Ciudad Vieja, de típicos callejones (tan estrechos que apenas cabe un burro), mezquitas y casa con las caraterísticas puertas talladas swahilis. Dos sitios curiosos, por lo anecdótico, son el Jubilee Hall (erigido en 1897 por las bodas de diamante de la reina Victoria) y el edificio Glen (llamado así por el perro de un famoso funcionario).

El sitio más importante es el Fuerte Jesús, monumento nacional. Fue fundado por los portugueses en 1593 y se conserva bastante bien, especialmente los muros (algunos con grafittis de los marinos lusos). Tiene bastiones, una gran cisterna, una colección de cerámica con piezas orientales milenarias y, sobre todo, los restos del navío Santo Antonio de Tanna, que fue hundido por los árabes en 1697 en el mismo puerto.

¿Más cosas? La entrada a la arteria urbana más importante, la avenida Moi, que mide 4 kilómetros y empieza en el Arco de los Colmillos, formado por dos arcos de metal que imitan enormes colmillos de elefante (es de 1952). O el Mbaraki Pilar, un monolito de piedra con incrustaciones de coral que, rodeado de baobabs, señala la tumba de un importante jefe indígena. O los edificios religiosos, unos musulmanes, caso de las mezquitas Mandhray y Basheik que se alzan en el puerto y son del siglo XI, y otros hindúes, como el Templo Jain, que es el santuario jainista más grande que hay fuera de la India y resulta inconfundible por el colorido en que está pintado.

Foto: Sandro Senn en Wikimedia