Los vuelos de larga distancia, aquellos que exigen horas y horas de viaje metidos en un avión, son cansados para casi todo el mundo. Pero si encima se hace el trayecto en horario nocturno, para algunos supone rozar el concepto de tortura, porque somos incapaces de dormir a bordo. Igual que hay gente que sólo tiene que sentarse y cerrar los ojos para caer en los brazos de Morfeo, otros podemos pasarnos la noche dando vueltas como un gato sin encontrar jamás la postura, clavándonos los brazos del asiento, golpeando con la cabeza en el borde de la ventanilla, temblando de frío por el exceso del aire acondicionado o desvelándonos por culpa de una luz o el lloro de un niño cuando ya empezábamos a caer tímidamente en el sueño.

Ésa es la razón por la que muchas -cada vez menos- líneas aéreas ofrecen a sus pasajeros mantas, almohadillas e incluso antifaces. Al sector más extremo eso no le basta y embarca con su propia almohadilla hinchable para intentar salvaguardar el cuello de la casi garantizada tortícolis. Algunas de esas almohadillas incluso tienen nuevos diseños que incorporan alas laterales para sujetar la cabeza, como, por cierto, también ofrecen algunos cabezales de asiento.

Todo suele resultar inútil; hay quien únicamente conciliará el sueño en una cama o, cuando menos, echado en horizontal, pagando el extra por un billete en Primera. Suponiendo que ésta haya sido equipada con butacas abatibles, claro, cosa que no ocurre siempre.

Por eso periódicamente aparecen en el mercado nuevos inventos que amplían el abanico de posibilidades. Uno de ellos ha sido ideado por Gemma Jensen, que algo sabrá sobre el tema porque fue azafata de la compañía de Richard Branson, Virgin Atlantic. Se trata de una almohadilla pensada para intentar dormir en el avión y, por ello, dotada de una forma especial, con tres cuerpos, que impide que la cabeza caiga hacia adelante. La ha bautizado con el nombre de J-Pillow y se vende por 19,95 libras (24,75 euros).

La otra novedad es la Ostrich Pillow o Almohada Avestruz. Un concepto diferente que ya no centra tanto la atención en sujetar el cuello como en crear un microentorno donde uno se aisle de luces y ruidos. Es como una especie de casco acolchado y tiene 4 orificios: uno para meter la cabeza, dos para las manos y un tercero a la altura de la nariz para poder respirar. Parece haber tenido cierto éxito en EEUU, aunque resulta bastante caro, 75 dólares (unos 58 euros). Por cierto, se comercializa allí pero es un invento diseñado en España, en el Estudio Banana.

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