El gabinete de las maravillas: los códices más bellos


Por vocación y formación, tengo cierta debilidad por los códices, mapas, portulanos y libros miniados medievales en general. He tenido ocasión de ver y manejar algunos en persona, quedándome otros pendientes, pero siempre me resulta una maravilla ver ilustraciones de volúmenes como el Beato de Liébana, el Breviario de Isabel la Católica, Las muy ricas horas del duque de Berry y tantos otros. Y cuando hablo de maravillas es literal porque quedan pocos días para que termine la exposición del Ateneo de Madrid sobre el tema: El gabinete de las maravillas. Códices iluminados de las mejores bibliotecas del mundo.

Es un itinerario por varios siglos de cultura a través de 24 facsímiles de otros tantos famosos libros del Medievo y el Renacimiento, reproducidos con fidelidad casi perfecta en materiales similares a los de la época, fueran papel, pergamino o vitela. Todo por cortesía del editor Manuel Moleiro, experto en tan curioso asunto.

Los más exegetas quizá se sientan decepcionados por el hecho de no exponerse los originales, generalmente guardados bajo siete llaves y rara vez sacados a la luz pública. Pero el espectador común sale ganando, en el sentido de que no apreciará la diferencia y además tendrá la oportunidad de tocar y pasar las páginas de algunos de los ejemplares, aquellos que no se muestren tras la correspondiente vitrina. Y es algo que merece la pena, créanme: el tacto resulta distinto al de las obras actuales y el detalle de las ilustraciones sorprenderá; no digamos el colorido.

Y ello porque la técnicas aplicadas para su elaboración son las mismas que las que se usaban entre los siglos VIII y XVI: papel hecho a mano, pieles curtidas de forma tradicional… Incluso se imitan el olor y la textura. Por eso, si los originales no tienen precio, éstos sí lo tienen; y bastante alto entre 2.000 y 20.000 euros en algún caso, ya que forman parte de colecciones de museos e instituciones, desde el museo Arqueólogico a la Catedral de Oviedo, pasando por el Metropolitan de Nueva York, la biblioteca Nacional de San Petersburgo o The British Library, por poner sólo unos ejemplos.

La única pega es que le queda poco ya: el 16 de diciembre echa el cierre así que, quien pueda, que aproveche los últimos días.