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Baquelita, la madre de los plásticos


Hay cosas que forman parte de nuestra vida habitual y casi ni se nos pasa por la cabeza pensar que no hace tanto se vivía sin ellas. El gran salto tecnológico se dio en el siglo XX, que fue cuando empezaron a surgir adelantos, uno tras otro, en casi todos los campos. Cada uno tendrá su propia opinión sobre cuál fue el más decisivo pero sin duda hay uno bien característico de la nueva época: la baquelita.

Ya, ya sé que nadie sabe qué es eso. Pero fíjense si fue importante que actualmente las versiones modernas de la baquelita están por todas partes. Y digo modernas porque la baquelita fue inventada ya en 1907 y desde entonces no ha dejado de acompañarnos. De hecho ahora mismo estoy escribiendo, en cierta forma, con baquelita .

¿De qué estamos hablando exactamente? Pues de la primera sustancia plástica, uno de los seminales polímeros sintéticos que se podían moldear, resistían al agua, aislaban de la electricidad y servían para dar cuerpo a todo tipo de instrumentos. Una auténtica revolución silenciosa.

Su creador se llamaba Leo Baekeland, de ahí el nombre del producto, que también se suele escribir con k. Este químico belga buscaba un material que permitiera aislar el paso de corrientes eléctricas, de ahí que sus primeras aplicaciones fueran enchufes e interruptores. Para ello, y basándose en unos trabajos nunca completados de Adolf von Baeyer en 1872, logró dar con una fórmula que combinaba fenol y formalheído durante el conocido como Proceso de Baekeland: dos condensaciones sucesivas de ambos componentes en las que pierden oxígeno e hidrógeno.

Baekeland ganaría el Nóbel de Química y su invento se generalizó para hacer discos, cámaras, radios y, sobre todo, teléfonos. Se puede decir que los plásticos actuales son vástagos suyos.