El peor viaje del mundo

Apsley Cherry-Garrard/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

«La exploración polar es la forma más radical y al mismo tiempo más solitaria de pasarlo mal que se ha conseguido». Así empieza Apsley Cherry-Garrard el prologo de su libro El peor viaje del mundo (The worst jouney in the world), considerado una de las mejores obras sobre viajes jamás escritas. El autor hablaba con conocimiento de causa: en 1911 formó parte de la expedición británica para la conquista del Polo Sur que tan trágico final tuvo y cuyo punto final se puso hace ahora un siglo, cuando el 29 de marzo de 1912 Robert Falcon Scott y sus compañeros morían a pocos kilómetros de su salvación.

Cherry-Garrard era el miembro más joven -25 años- y sólo consiguió formar parte del equipo gracias a su terca insistencia, tras donar desinteresadamente las mil libras con que inicialmente intentó comprar el puesto, pues Scott, que le rechazó dos veces, accedió admirado por ese gesto. Y es que el recién incorporado no sólo carecía de la formación científica necesaria (se le nombró asistente de biología) sino que tenía una alta miopía que casi le impedía ver tres en un burro sin sus gafas.

El libro, que cuenta la odisea en primera persona, fue escrito a instancias de su amigo George Bernard Shaw y publicado en 1922, al regresar moralmente destrozado de la Primera Guerra Mundial. Evidentemente, Cherry-Garrard no fue elegido para acompañar a Scott en el ataque final al Polo o habría muerto congelado junto a él (de hecho, ese capítulo sólo se conoce por el propio diario de Scott), pero su narración de todas las etapas anteriores es memorable, especialmente el viaje de 240 kilómetros que tuvo que hacer de ida y vuelta entre el Cabo Evans y el Crozier para recoger huevos de pingüino emperador, uno de los objetivos de la expedición (porque era considerado el ave más antigua que existía, con el consiguiente valor para aclarar aspectos de la teoría de la evolución).

Peor viaje mundo

Esos dos trayectos resultaron infernales y el autor te mete literalmente en escena: junto a él caminas a ciegas (no podía usar sus gafas porque se helaban), te congelas a 50º bajo cero, tienes que desplegar un saco rígido como una tabla, descongelarlo con el calor de tu propio cuerpo, dormir empapado a continuación, pasar la noche en una cabaña sin techo porque éste fue arrancado por el viento (era la lona de la tienda de campaña), tardar un cuarto de hora en abrocharte las botas por la mañana…

También son inolvidables otros pasajes: unos por espeluznantes, como la visión de una manada de orcas aguardando que alguien se caiga al agua al cruzar la plataforma de hielo de Ross; otros por entrañables, caso del cariño que todos demostraron hacia los infortunados ponis; y alguno impresionante, como ver al propio capitán arriesgando su vida para salvar a un perro que había quedado colgado de un arnés en el vacío de una grieta. También choca saber que, al volver a Inglaterra, los dichosos huevos resultaron no tener el valor esperado, provocando la frustración de los supervivientes («nación de tenderos» sentencia Cherry-Garrard).

El relato es, además, bastante ponderado. No da una visión negativa de Scott, como dicen algunos, sino que simplemente le humaniza, con sus virtudes y defectos. También hay quien percibe un tono despectivo hacia los noruegos de Amundsen. En fin, léanlo y opinen pero, sobre todo, disfruten esta espléndida combinación de aventuras, historia y ciencia.