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Isaac Asimov, in memoriam


Aprovechando que el lunes hubiera sido su 92º cumpleaños podemos rendirle un pequeño homenaje a Isaac Asimov, sin duda el escritor de ciencia ficción más conocido. Habrá otros más prestigiosos, con mejor estilo o de mayor profundidad temática pero, si se pregunta, el primero que le viene a uno a la cabeza es Asimov. Y no todos tienen un cráter marciano y un asteroide bautizados con su nombre.

En realidad se llamaba Isaak Yudovich Ozimov y era ruso de nacimiento, pero adaptó su nombre cuando pasó a ser ciudadano estadounidense, pues sus padres emigraron a Nueva York cuando él tenía 3 años. Aprendió a leer por su cuenta y no tardó en aficionarse a las legendarias revistas pulp (se llamaban así por la baja calidad del papel), donde empezaron algunos de los escritores más importantes de ciencia ficción y terror como H.P. Lovecraft. Asimov empezó a escribir relatos para esas editoriales a los 19 años.

En 1939 se licenció en Bioquímica pero no pudo entrar en Medicina, como era su intención, así que trabajó en esa especialidad para la Marina durante la II Guerra Mundial. En 1948 se doctoró en Química y pasó a ser profesor universitario, aunque para entonces ya se había convertido en escritor profesional. De hecho, 2 años después publicaba su primera novela larga, Un guijarro en el cielo.

A finales de esa década fue dejando la literatura creativa para dedicarse a la divulgación científica, tocando prácticamente todos los temas: historia, religión, astronomía… Luego, en 1982, retomó el género escribiendo secuelas de obras anteriores exitosas. Si a todo esto se añaden los relatos de misterio, fantasía heroica e incluso poesía y varias autobiografías, no es de extrañar que alguna vez le preguntaran «¿Qué tal se siente sabiéndolo todo?» (por cierto, respondió que «inquieto»).

Asimov era progresista (simpatizaba con el Partido Demócrata) pero defensor de la energía nuclear; su lenguaje resultaba accesible para todo tipo de lectores pero formaba parte del club MENSA para superdotados (se exigía el máximo cociente intelectual para ingresar); el espacio exterior era su referencia pero padecía de miedo a volar y prefería los lugares cerrados. Toda una paradoja viviente.

Murió en 1992 por fallo coronario y renal, aunque luego su segunda esposa reveló que el SIDA había sido la causa; lo contrajo durante una operación quirúrgica. Para la posteridad quedaban obras como la serie de la Fundación (premio Hugo a la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos), las aventuras de Lucky Starr, el Ranger del espacio (escritas bajo el pseudónimo Paul French) o las recopilaciones de cuentos sobre robots titulada Yo robot, donde formulaba las famosas tres leyes de la robótica (Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley).