Hace unas décadas, en los años setenta, eran tema habitual en programas de TV sobre misterios, así como en revistas esotéricas. Alguno, caso del inefable escritor Erich von Däniken, hicieron su agosto a costa de proponer disparates. De hecho todavía hoy hay quien sigue hablando de pistas para platillos volantes y alucinaciones por el estilo. Pero hoy las líneas de Nazca son, sobre todo, un destino casi obligatorio para los turistas que visitan Perú y forman parte del Patrimonio de la Humanidad.

Se hallan al sur del país, en la meseta de Nazca, donde la cultura homónima empezó y continuó durante miles de años -entre el 2.000 a. C y el 500 d. C.- estos colosales dibujos que ocupan una superficie de 520 kilómetros cuadrados. Hay trazos meramente geométricos pero también zoomórficos (aves, reptiles, mamíferos -incluso una ballena-) e incluso antropomórficos (o sea de forma humana), aunque éstos últimos están en las laderas.

Todos, eso sí, realizados con la misma técnica: quitando las oscuras piedras que cubren la superficie para dejar al aire el terreno, más claro. El resultado son pequeños surcos de apenas 30 centímetros de profundidad que se mantienen gracias a la aridez del clima, pues apenas llueve, y que parecen pensados para su visión desde el cielo; de ahí que en el lugar abunden las ofertas para rápidos vuelos en avioneta o helicóptero.

Una de las mayores expertas en el tema, la matemática alemana María Reiche, que levantó un mapa in situ y propuso que se habían hecho estirando cordeles entre postes de madera previa fabricación de modelos a pequeña escala, opina que los dibujos forman una gigantesco calendario astronómico que marca los solsticios y equinoccios. Otros no lo tienen tan claro y sugieren otros usos: senderos para procesiones religiosas, sistema de irrigación, ofrenda artística a los dioses…

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