El origen de la tiara papal

Una curiosa coincidencia: la reciente visita de Benedicto XVI a Madrid coincidió con mi lectura de El Papa del mar, una novela en la que Blasco Ibáñez cuenta la historia de otro Benedicto, en este caso el XIII, el famoso Pedro Martínez de Luna. Un Santo Pontífice titular de Aviñón por el Cisma de Occidente que durante décadas, refugiado en el castillo de Peñíscola, se negó a entregar su tiara en beneficio de una reunificación porque se empecinaba en que él era el legítimo y único Papa. Y, aunque suene a coña, esa testarudez redundaba en el hecho de su origen aragonés.

Pero no quería hablar del Papa Luna sino de su tiara. ¿Nadie se ha preguntado nunca de dónde salió el diseño de ese gorro tan peculiar que identificaba a los pontífices hasta el punto de figurar en el escudo sobre las llaves de San Pedro? En realidad originariamente tenía otra forma, de embudo invertido, hecha íntegramente de metal y tachonada de piedras preciosas. Atribuida a San Silvestre y fechada más que dudosamente como donación de Constantino, Benedicto XIII se la llevó con él antes de que fuera devuelta a Roma con gran pompa y colocada en la basílica de San Juan de Letrán. De allí fue robada y nunca más se supo, por lo que hubo que sustituirla.

Desde entonces se utilizó el modelo actual, de forma ovoide y jalonado con tres coronas sucesivas que simbolizan el orden sagrado, la jurisdicción y el magisterio del Papa, versión políticamente correcta de lo que antes antes era su soberanía sobre los Estados Pontificios, los reyes y la Humanidad. Por cierto, desde Pablo VI ya no se usa (se exhibe en el altar de San Pedro) y el Benedicto actual incluso ha cambiado la tiara del escudo por una mitra.