A vueltas con el gin tonic: los safaris

A propósito del post sobre el gin tonic, publicado aquí hace una semana, recordé mi visita hace un año a Uganda y Ruanda, cuando al llegar la noche y después de cenar, terminábamos los safaris contando (o escuchando) historias alrededor de la hoguera del camapamento y refrescando el gaznate con esa bebida.

Es una estampa clásica en África, mucho más de lo que cualquiera pudiera figurarse. Lo cierto es que los exploradores decimonónicos, especialmente los británicos, no viajaban precisamente con lo puesto. Todos solían llevar, entre otras muchas cosas, un mueble bar bien surtido de bebidas alcohólicas que cargaban los porteadores, pues una expedición no se componía de la veintena de individuos que nos muestran las películas de Tarzán -de los cuales siempre mueren unos cuantos devorados por las fieras o cayéndose por un precipicio- sino de centenares, formando filas que se perdían de vista. Y, por cierto, los blancos no iban en cabeza como Stewart Granger sino atrás, a menudo montados en un burro o camello o incluso llevados a hombros en un palanquín porque solían estar gravemente enfermos.

De hecho, la bebida alcohólica más habitual, era la ginebra. No se sabe por qué exactamente, quizá porque Schweppes tenía la sede en esa ciudad suiza, pero el caso es que los oficiales británicos de servicio en la India empezaron a mezclarla con tónica, uno de cuyos componentes es la quinina, por entonces el medicamento más eficaz contra la malaria. Y como muchos de esos militares fueron luego quienes se internaron en África en busca de las fuentes del Nilo, la introdujeron en sus equipajes.

Así es cómo hoy pervive esa tradición en algunos safaris. Aunque sospecho que la mayoría de los consumidores desconocen estos datos y no beben precisamente como medida profiláctica. Pueden experimentarlo por si mismos, buscando alguno de los muchos viajes baratos que ofrecen las agencias.