90 años del Desastre de Annual

Ayer, 9 de agosto, se cumplieron 90 años de la rendición y masacre de Monte Arruit, el infame punto final de uno de los episodios más trágicos e impresentables de la Historia contemporánea de España: el Desastre de Annual.

80 años desastre Annual

En la primavera de 1921 un ejército dirigido (?) por el general Manuel Fernández Silvestre decidió avanzar desde Melilla por el interior del territorio de la Comandancia con el objetivo de llegar hasta la bahía de Alhucemas y poner fin definitivamente a la Guerra de Marruecos. Lo hizo por su cuenta, sin consultar con el Estado Mayor y con la aprobación reticente-pasota del comisario general, que libraba su propia campaña en el otro extremo del Protectorado. Se dice que le animó Alfonso XIII, amigo suyo.

El problema fue que no respetó prácticamente ninguna de las normas que parecerían lógicas a cualquier aficionado: no desarmó las tribus que dejaba atrás, no estableció un sistema de posiciones que permitiera asentar la retaguardia, las guarniciones establecidas estaban aisladas, sin posibilidad de ayudarse unas a otras y con los pozos de agua fuera de las defensas -si los tenían-… Además las tropas estaban compuestas por quintos que carecían de formación adecuada y, sobre todo, de motivación, dado que todos eran de extracción humilde: los ricos se libraban del servicio militar pagando una redención en metálico.

Tras avanzar 130 kilómetros, todo un récord, Silvestre llegó hasta Annual y estableció el campamento. Entonces las posiciones empezaron a caer una tras otra en manos de Abd el Krim, el líder rifeño que, paradójicamente, años atrás había estudiado en instituciones autoridades españolas pero al que una condena injusta había convertido en enemigo. Siendo imposible resistir en Annual, sin agua y con escasas municiones, se decidió la retirada.

Hay que leer lo que se ha escrito sobre aquello para intuir mínimamente el grado de caos, desorganización y torpeza con que se llevó a cabo la operación aquel 22 de julio: los soldados arrojaban al suelo sus fusiles y corrían por la carretera, los oficiales se arrancaban los galones, los heridos quedaban abandonados a su suerte… Una verdadera desbandada con los rifeños disparando a placer. Sólo la caballería mantuvo la dignidad, intentando proteger a los demás a costa de un 80% de bajas.

Silvestre murió en su campamento en circunstancias confusas pero su sucesor, Navarro, no lo hizo mejor. En lugar de atrincherarse en Dar Drius, una posición fortificada con agua y munición, decidió continuar la esperpéntica retirada hasta Monte Arruit. Allí, mientras todo el sistema de posiciones se desmoronaba como un castillo de naipes, quedó copado sin posibilidad de recibir ayuda porque se consideró que la propia Melilla estaba amenazada y debían reservarse las tropas para defenderla.

Navarro obtuvo permiso para rendirse el 9 de agosto pero una vez entregadas las armas, la mayoría de los españoles fueron degollados sin poder defenderse: sólo se salvaron 60 hombres, que se unieron a los 3000 capturados acá y allá. El resto, entre 7 y 8 mil, quedaron allí, pudriéndose al sol durante meses. Hasta 1925 no se solucionaría definitivamente la guerra.