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El Empire State cumplió 80 años


Este domingo se celebró un cumpleaños muy especial, el octogésimo aniversario de uno de los edificios más emblemáticos de la arquitectura contemporánea reciente: el Empire State. Fue el 1 de mayo de 1931 cuando el presidente de EEUU, Edward Hoover, inauguró el que había de ser el skyline de Nueva York -y, por ende, del mundo- hasta que en 1971 las desaparecidas torres gemelas del World Trade Center le arrebataron la corona.

Sus 443,2 metros (si se incluye la antena que lo remata, que mide 62), en los que se distribuyen 102 pisos, se construyeron con bastante rapidez -un año y 45 días (a un impresionante ritmo de 4,5 pisos semanales gracias a su sistema de ensamblaje de piezas prefabricadas)- en el número 350 de la Quinta Avenida, en la confluencia de la 33ª y la 34ª calles, en el solar que antes ocupaba el Hotel Waldorf Astoria. De aquella proeza quedan las espeluznantes fotografías de Lewis Hanes, ésas que muestran a los obreros trabajando sin ningún tipo de seguridad o comiendo un bocadillo sentados sobre una viga a cielo abierto. Cosas de la depresión que asolaba al país.

La cima del rascacielos es una terraza que inmortalizaron Cary Grant y Deborah Kerr en la película Tú y yo (y también King Kong) y que hubo que cerrar por los suicidas, a los que no disuadía tener que subir tanto (lo hacían en 73 ascensores a una velocidad de 366 metros por minuto porque no era plan de ir por la escalera: 1.862 escalones). Desde allá arriba se pueden llegar a ver, dicen, hasta 125 kilómetros a la redonda. Aparte de los casi 20 dólares, debe valer la pena pues fueron estas entradas las que amortizaron los costes que habían dejado la obra al borde de la quiebra; Empty State Building, lo llamaban con sorna porque sólo una cuarta parte se había ocupado.

La antena de encima era utilizada por los zepelines para amarrar, aunque hoy se dedica exclusivamente a comunicaciones y a absorber los centenares de rayos anuales que atrae. También atrajo algún avión: el B-25 que se estrelló contra el piso 78 en 1945 por la niebla.

Los planes de futuro pasan por vender acciones del edificio en todo el mundo para que cualquiera pueda tener un pedazo. Una forma más de internacionalizar a este coloso que celebra eventos mundiales con iluminación ad hoc en sus 30 pisos superiores: por ejemplo, en rojo y amarillo cuando España ganó el Mundial de Fútbol.