Candados en los puentes: amor… y peligro para los monumentos

Imagen: Disdero en Wikimedia Commons

Desde que el escritor italiano Federico Moccia describiera en su novela Ho voglia di te (Tengo ganas de tí) una escena en la que dos enamorados sellan su amor colgando un candado del romano Puente Milvio y arrojando después la llave al Tíber, la costumbre se ha ido extendiendo por todo el mundo gracias a los estudiantes Erasmus de ese país y a la película que se hizo luego. Lo malo es que lo que empezó como anécdota con vocación de fundar costumbre se ha convertido en poco menos que una plaga.

Roma, París, Colonia, Praga, Moscú… Cualquier ciudad europea presenta hoy algún puente lleno de candados; hasta en China se han llegado a ver. En España el primero, que se sepa, fue el de Isabel II que conecta el centro de Sevilla con el barrio de Triana. Después vinieron otros como Valencia o Zaragoza. Hace poco se incorporó Madrid pero no en un puente porque los de la capital, con balcón de piedra, no son muy adecuados, sino en la verja que rodea la estatua de Felipe III en la Plaza Mayor. O sea, que ya extienden sus tentáculos lejos del entorno fluvial.

Era algo simpático al principio pero, con el tiempo, se ha revelado más peligroso de lo que parecía para el estado del patrimonio monumental. La farola del Puente Milvio donde se colgaban los candados, la tercera del lado norte, terminó cayendo por el peso en 2007; recordemos que el Milvio fue construido en 1429. Y algunos expertos advierten de que el peso de los cerrojos puede desequilibrar determinados puentes, sin contar la contaminación de las aguas por las llaves arrojadas, de ahí que se hayan empezado a retirar de casi todas partes o a colocar aditamentos para que los enamorados cuelguen en ellos los dichosos candados. En Roma se puso una columna de acero, aunque era preferible la idea alternativa: una página web para hacerlo virtualmente y que recibió miles de visitas sólo el primer año.