San Fermín 2010

Imagen: www.viajar24h.com en Wikimedia Commons

Aunque el verdadero patrón de Pamplona es San Saturnino (29 de noviembre) las fiestas más emblemáticas y esperadas de la ciudad, las más conocidas nacional e internacionalmente llegan el 7 de julio, onomástica de San Fermín. Música, encierros de toros, diversión, borracheras descomunales, déficit de sueño, siestas en plena calle, ruido, cristales rotos, trajes blancos, pañuelos rojos… Todo ello forma la imagen más típica y habitual de esta semana agotadora y demencial.

Si el santo vivió y murió en tiempos del Imperio Romano la costumbre de hacer correr los toros por las calles proviene de finales de la Edad Media, cuando se trasladaba al ganado para la feria local, aunque empezó a formar parte de los festejos algo más tarde, en el siglo XVI. Los encierros constituyen el centro de atención de la prensa televisiva mundial, que ven en ellos cierto atavismo popularizado por Hemingway en sus escritos. Lo que no saben es que hay una estricta reglamentación que tiene como finalidad evitar tragedias que antes eran habituales al correr ante los bóvidos mozos que no estaban en adecuadas condiciones físicas (es decir, sobrios). Los corredores deben reunirse media hora antes ante la puerta y a partir de ese momento queda cerrado el cupo; ahora está prohibido saltar desde las vallas.

No todo es tan dramático, por supuesto. Al contrario. Cada mañana las dianas despiertan a los trasnochadores que cayeron vencidos por el sueño en plena acera para dar paso a una serie de atracciones destinadas a todo tipo de público: desfilan Gigantes y Cabezudos, pasean murgas y comparsas, hay deportes rurales…; también está el lado religioso, con las Vísperas, procesiones y misas solemnes. Al caer la tarde las peñas se reúnen en la plaza de toros para ver las corridas y las verbenas animan a todos a partir de media tarde como prólogo a espectáculos ya tradicionales como el Jazzfermín, los conciertos nocturnos o los fuegos artificiales.

Dramático no, pero casi, es el 14 de julio a última hora. Se acaba San Fermín y los pamploneses manifiestan su tristeza cantando el «¡Pobre de mí!». Muchos , sin embargo, ven la traca final como la botella medio llena: ya falta menos para la próxima.