Altamira, la gallina de los huevos de oro 1

Altamira, la gallina de los huevos de oro

Altamira gallina huevos oro
El Patronato de Altamira acaba de aprobar por unanimidad la reapertura de la Cueva prehistórica más emblemática de España, la llamada Capilla Sixtina del arte paleolítico, que se hallaba cerrada desde 2002 por el deterioro detectado en sus pinturas a causa de microorganismos. La decisión choca con la opinión del CSIC (Consejo superior de Investigaciones Científicas), partidario de mantenerlas cerradas, de ahí que finalmente accediera a aceptar la elaboración de un régimen de visitas evaluable periódicamente para determinar la relación idónea entre la gestión de la gruta y su sostenibilidad. En otoño un grupo de expertos definirá cuál será el número de personas que pueden entrar y a finales de año se abrirán las puertas.

Lo que queda de manifiesto es la disparidad de intereses entre la ciencia y la explotación comercial. Mientras los hosteleros de Cantabria, olvidando el cuento de la gallina de los huevos de oro, se mostraban «encantadísimos» y partidarios de que «cuantas más visitas mejor», el presidente de Cantabria se mostraba decidido a traer a Obama para inaugurar la reapertura y la ministra de Cultura tenía que soltar una de esas expresiones vacías habituales, hablando de abrir «con todos los requisitos y garantías para mantener este bien excepcional».

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Nadie se acuerda, o sí pero no importa, de que ya ha habido que cerrar dos veces, pues la construcción en 1969 de un muro de separación entre el vestíbulo y la sala principal, junto con el paso de 4.000 personas diarias, alteró el microclima interior y obligó a parar en 1977. En 2002 la detección de microorganismos decidió a crear un Museo de Altamira, ubicado a 300 metros, con una réplica exacta ya escala 1:1 de la Sala de los Bisontes. 2,5 millones de personas lo han visitado en visitas grupales (20 individuos) cada 40 minutos. Y siempre está el ejemplo de la cueva francesa de Lascaux, otra de las joyas del arte cuaternario, cuyas pinturas están al borde de la desaparición por la acción de hongos, algas y otros microorganismos pese a que sólo estuvo abierta de 1948 a 1963.

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La cueva de Altamira estuvo habitada hace 22.000 años pero hace 13.000 se desmoronó el techo de su entrada, ocultándola. Las pinturas rupestres fueron descubiertas en 1887 por Marcelino Sáez de Sautuola, paleontólogo del que se rió la comunidad científica internacional cuando comunicó las conclusiones de su hallazgo. En 1902, sin embargo, tuvieron que rectificar y pedirle disculpas; el francés Emile Cartahuac las simbolizó en su artículo Mea culpa de un escéptico. Y es que la calidad y perfección de aquellas pinturas parecían increíbles los ojos de la época. A lo largo de los 270 metros de longitud de la cueva de Altamira se distribuyen unas 150 representaciones de animales, signos y otras figuras elaboradas con tintes hechos de grasa de animal, clara de huevo, vegetales y sangre. La más espectacular es la Sala de los Bisontes, donde se puede ver una treintena de estos bóvidos (por cierto, recientemente reintroducidos en la Cordillera Cantábrica para su cría en semilibertad), algunos pintados aprovechando el relieve de las rocas para darles volumen, además de 2 ciervas y dos caballos. Miden hasta 2 metros y pertenecen al período Magdaleniense. Completan la fauna, al igual que en las otras salas (La Hoya y la Cola de Caballo) más equinos, ciervos, cabras y jabalíes. Algunas son más antiguas, del Solutrense.