75º aniversario del Metro de Moscú

Imagen: JH Kim en Pixabay


Este fin de semana, el sábado, se cumplió el 75º aniversario de la inauguración del Metro de Moscú. En 1932, después de muchos años de oposición por parte de la Iglesia Ortodoxa, que consideraba el subsuelo como territorio de Satanás, el triunfo de la Revolución y la postergación de la hasta entonces todopoderosa jerarquía religiosa permitieron iniciar las obras de construcción. Tres años más tarde ya circulaban los trenes. Hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial funcionaron tres líneas. Luego hubo que esperar al final del conflicto para continuar la ampliación, sólo que para entonces era la Guerra Fría la que dominaba el panorama y las estaciones se hicieron a mayor profundidad para servir como refugios antinucleares.

Actualmente hay doce líneas que cubren una longitud total de 298 kilómetros, accesibles mediante 180 estaciones. Estas cifras convierten al Metro moscovita en el tercero del mundo, por detrás de los de Londres y Nueva York, sólo que mueve mucha más gente que éstos: 9,2 millones de pasajeros diarios. Para orientarlos mejor en la densa red, la megafonía utiliza voces masculina o femenina según el sentido en que se viaje (hacia el centro o hacia la periferia).

Sin embargo no son las estadísticas las que llaman la atención de este sitio sino su imagen. El subterráneo de la capital rusa es famoso por la espectacular decoración que presentan sus estaciones, curiosamente muy diferente al plúmbeo modelo habitual de la arquitectura socialista. De hecho se asemejan más a los palacios centroeuropeos, con mosaicos, vidrieras, bronces, molduras, escayolas y pinturas decorandolo todo. Hay algunas con paredes enteras de mármol y es común la iluminación mediante grandes arañas de cristal colgando del techo.

Las estaciones suelen estar dedicadas temáticamente a países amigos del Este; también a hechos históricos o culturales del régimen anterior. La estación Kievskaya, por ejemplo, fue bautizada así por el 300 aniversario de la unión de Ucrania con Rusia, como atestigüan los 18 mosaicos que la adornan. Es habitual que artistas de la nación en cuestión colaboren en la decoración: así, la Prazhskaya se debe a artistas checos, la Rimskaya a italianos y la Rizhskaya a letones. Pero las más impresionantes son tres que destacan por su aspecto palaciego: la Novoslabodskaya, con sus 32 vidrieras policromadas diseñadas por el pintor Korin; la Belorruskaya, a la que el pintor Oprishko dotó de columnas y mosaicos en hononor de Bielorrusia; y la Konsmólskaya, con grandes bóvedas sobre 72 pilares, que también presenta mosaicos y 9 grandes lámparas colgantes tipo araña.