Los monstruos mitológicos eran dinosaurios

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Hace ya casi diez años de la publicación en los Estados Unidos del libro The First Fossil Hunters (2000), de la doctora Adrienne Mayor (web personal en la Universidad de Stanford). En España se publicó en 2002 con el título El Secreto de las Ánforas, año en que lo lei por vez primera impulsado por mi pasión por la Antigüedad Griega. Estos días estoy dándole un rápido repaso, y me gustaría compartir aquí algunas de las ideas que contiene. En esencia el subtítulo del libro define perfectamente lo que nos vamos a encontrar en él: lo que los griegos y romanos sabían de la prehistoria. Y la tesis central de la obra es que los monstruos, los gigantes y demás seres que pueblan la mitología grecorromana tienen un origen real.

Héroes y gigantes era lo que veían aquellos hombres, con escasa o nula formación, en los huesos de criaturas desconocidas, primitivas y prehistócicas, hallados por doquier en las tierras griegas y del Asia Menor. Los interpretaban como mejor podían, imaginándoles formas familiares. Por ejemplo, el mítico jabalí de Calidón nacería seguramente de la interpretación de unos colmillos de elefante del Pleistoceno.

Cuenta la doctora Mayor que, en el área mediterránea, continuamente salen a la luz grandes restos de mamuts y mastodontes prehistóricos, rinocerontes lanudos, jirafas gigantes, osos de las cavernas y tigres de dientes de sable. Y que todos esos fósiles suelen aparecer precisamente donde los clásicos afirmaban haber observado huesos gigantescos.

6B8081AD-8601-4520-9AC7-1BE9E6391F1D.jpgEn los sucesivos capítulos del libro va dando cuenta de varios ejemplos, entre los que destacan el Grifo y los huesos de Centauros. El Grifo, dice, es lo que interpretaron al encontrar huesos de Protoceratops (en la imagen vemos el esqueleto de un protoceratops y la recreación de un Grifo), y la imaginación popular y la mitología lo convirtieron finalmente en el Dragón medieval. En cuanto a los Centauros, forman parte de otra historia, la de la picaresca humana y los seres artificiales, de la cual me gustaría hablar más extensamente en otro artículo.

No menos interesante debe ser su segunda obra, Greek Fire, Poison Arrows & Scorpion Bombs (2003), todavía inédito por aquí, y que nos descubre ejemplos del uso de armas bioquímicas en el mundo antiguo.