Serrat eres único vol.2 (o la decadencia de la industria musical)

Hace unos años, en concreto en 1995, se publicó el disco SERRAT… eres único!, un tributo al que es sin lugar a dudas la figura más importante de la canción de autor en España: el gran Joan Manuel Serrat. En 2005 se publica una segunda parte, titulada de manera escasamente imaginativa SERRAT… eres único! Vol. 2 y que poco tiene que ver con el primer volumen, aparte del título y del hecho de contener versiones de temas del Noi del Poble Sèc interpretadas por artistas españoles y algún que otro hispanoamericano. Digo que tienen poco que ver porque la diferencia de calidad entre el primer y el segundo título es abismal. En este volumen 2 el nivel de la mayoría de los temas oscila entre lo mediocre y lo decididamente horroroso, con la excepción de Pastora, cuya bastante aceptable versión de Niño silvestre tampoco es para tirar cohetes, pues del grupo de los hijos de Pau Riba cabría esperar algo mucho mejor. Es cierto que, a diferencia de los anteriores, no se puede esperar gran cosa de gente como Manolo García (en su versión de Para la libertad al menos hay un uso bastante notable del acordeón, que le da un toque personal), Estopa (su rumbera Mediterráneo tiene cierta gracia, pero poco más), La Cabra Mecánica (nunca se sabe y, con Qué bonito es Badalona, menos aún, si éstos van a en serio o no), Los Secretos (su Princesa no es más que pop vulgar y adocenado) o Chambao (esto de hacer una versión de Hoy puede ser un gran día en plan flamenco-chill puede tener cierto encanto en la primera escucha, pero después no). Sin embargo, sus discretas, bastante respetuosas (lo cual para mí no es, ni mucho menos, un halago), y en general no demasiado inspiradas interpretaciones, suenan casi a gloria en comparación con las horribles de Rosendo (véase más abajo la comparación), Antonio Orozco y Alejandro Sanz (sus Disculpe el señor y Paraules d’amor, respectivamente, son de juzgado de guardia). De estos tipos cabe esperar aún menos que de los anteriores, pero si al menos se hubiera evitado esa típica producción empalagosa y banal que caracteriza a la mayoría de la música que se escucha mayoritariamente hoy día en España, los numerosos fans del autor de En tránsito estaríamos agradecidos eternamente. Pero lo peor está aún por llegar. Resulta difícil con un material de primera hacer unas versiones tan decididamente espantosas como las que perpetran David DeMaría (¿a cuento de qué viene meter esos coros infames en Cantares?), Malú, Carlos Chaouen y Pasión Vega (de éstos mejor no hacer comentarios): aquí lo de la producción ya es como para que sus autores sean procesados por crímenes contra la humanidad. Por el contrario, en el primer volumen encontrábamos estupendas interpretaciones de artistas no demasiado distinguidos (el equivalente de los Estopa, Manolo García, Chambao, etc. del volumen 2) como es el caso de Tahúres Zurdos (¡qué diferencia entre la intensidad de su revisión de Fiesta y el rock pesado y vulgar de Vagabundear de Rosendo!), Rosario (encantadora su versión de Lucía), o Antonio Flores (que la sensibilidad de todo a cien que tenía este hombre no se cargue Tu nombre me sabe a yerba es un auténtico milagro). También eran, en general, muy apreciables las versiones de artistas que hace tiempo que han perdido buena parte de la calidad que supuestamente tuvieron antaño (personalmente no considero que fueran tan geniales como se suele considerar, pero eso ya sería entrar en otra cuestión), como ocurre con Loquillo (notable, entre Jacques Brel y Johnny Cash, su adaptación de Piel de manzana), Ketama (bastante contenidos, afortunadamente, en Aquellas pequeñas cosas) o Antonio Vega (su Romance de Curro el Palmo es, aparte de la de Varela, lo menos logrado del disco, pero el suyo era probablemente el reto más difícil). Incluso, por increíble que parezca, hasta llegaban a resultar simpáticas las versiones que de No hago otra cosa que pensar en ti y Pare hacían, respectivamente, el inefable Joaquín Sabina y Sau. Y el toque aflamencado que le daban Lole y Manuel, El Pele y Diego Torres a Poema de Amor, La Saeta y Penélope resultaba bastante coherente y no el típico “vamos a poner algo de aire flamenco para que se vea que somos muy majos, apreciamos nuestras raíces, vivimos en una sociedad multicultural y bla, bla, bla,…”. En todo el disco sólo desentonaba la muy mediocre versión de Carlos Varela, aunque de este individuo no se puede esperar que haga algo bueno ni con Esos locos bajitos. Lo mejor, por supuesto, lo ponían gente verdaderamente grande: Umpa-Pah se salían con su versión a lo Tom Waits de Temps era Temps; Kiko Veneno conseguía llegar a la altura del original con su rumbera revisión de Balada per a un trobador; y Santiago Auserón (aka Juan Perro) confería a Titiritero una sensual cadencia a caballo entre el tango, el reggae y la música negra (a ver si la escuchan y aprenden estos del reguetón, o como se llame). Pero quienes alcanzaban lo sublime con Señora eran, como no podía ser menos, el mejor grupo de rock español de los noventa: Los Enemigos. No hay palabras para describir esta monumental versión que ferpectamente podría encabezar una lista de los mejores covers españoles de todos los tiempos.