Cuando salgo por ahí me gusta fijarme en los carteles. Avisos, señales, propaganda, publicidad. Una inmensidad de información que nos llega, casi sin darnos cuenta, y en cualquier parte del mundo, por pequeño, alejado o deshabitado que sea el sitio en cuestión. En los mercadillos, esos lugares infernales pero divertidos que se suelen instalar una vez a la semana en los pueblos, la información se ofrece mediante mecanismos nada tecnológicos. Se vociferan los precios y los mensajes publicitarios: “!Ya está aquííííí el tio de los trajeeeeees!”, “¡Vamos señoraaaaaaaa, que lo robo de noche y lo vendo de díaaaaaaa!”, ¡Todo a un eurooooo, todo a un euroooooo!. Pero no se ven ni micrófonos, ni altavoces ni hay pantallas multicolores. Los avisos se escriben directamente en hojas de papel y se cuelgan bien visibles: “En caso de devolución, traigan la bolsa”. Marketing directo y sin tapujos. Ahí te das cuenta de lo innecesaria que es, a veces, tanta parafernalia tecnológica.
Sin la bolsa no se hacen devoluciones
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Podrias mandarlo a proyecto cartele
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