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Robert Cornish, el científico que resucitaba perros y no le dejaron probar con humanos

Robert Cornish, el científico que resucitaba perros y no le dejaron probar con humanos 3 Junio, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

En 1984 Tim Burton estrenó Frankenweenie, un divertido cortometraje de poco más de media hora -que veintiocho años después convertiría en largometraje de animación- en el que parodiaba el clásico Frankenstein de James Whale, sustituyendo al doctor y al monstruo por un niño al que se le había muerto atropellado el perro y lo revivía tras ver en una clase de ciencias cómo la electricidad podía mover un músculo sin vida. La deriva posterior del animal corría pareja a la de la criatura que encarnaba Boris Karloff pero ya es otra cuestión.

El caso es que ese argumento, que parece apriorísticamente disparatado y simple materia de guión cinematográfico, había ocurrido en la vida real unas décadas antes en el experimento de un científico llamado Robert E. Cornish.

Cornish alcanzó cierta fama por una propuesta a la comunidad científica que dejó anonadado a todo el mundo: se declaraba capaz de revivir cadáveres y ofrecía la posibilidad de demostrarlo en una prueba con algún reo al que se aplicase la pena capital.

Sparky, el protagonista de Frankenweenie

Sin embargo, no se trataba precisamente de un chiflado televisivo ni de un impostor desesoso de hacer dinero; Cornish era un genio y aquello no era sino la culminación de una línea de investigación que llevaba tiempo practicando.

Nacido el 21 de diciembre de 1903, era lo que comúnmente se llama un niño prodigio, un brillante estudiante que con sólo dieciocho años se licenció cum laude en la Universidad de Berkeley (California), alcanzando el título de doctor a los veintidós.

Las reseñas biográficas cuentan que trabajó en proyectos diversos, algunos tan desconcertantes como el que buscaba desarrollar unas lentes que permitieran leer bajo el agua y otros cuya excentricidad sólo se explica por el abismo que se abría ante la ciencia tras el salto científico y tecnológico que se había dado al acabar la Primera Guerra Mundial y que favorecía la consecución de patentes (o sea, dinero).

Cornish trabajando

Pero la entrada de Cornish en la Historia se debe al interés que empezó a tener en la reanimación de cuerpos sin vida, algo que constituyó toda una moda del momento. De hecho, a EEUU llegaban películas rodadas en la Unión Soviética sobre esa vía de investigación, acometida con vistas a aplicar en el ámbito militar: la recuperación de soldados caídos. En realidad esos trabajos eran falsos, realizados con una finalidad propagandística: levantar la moral de la tropa.

La verdad es que esas películas resultaban impresionantes si uno no era muy puntilloso o suspicaz. Una de ellas, titulada Los experimentos en el renacimiento de los organismos, mostraba pulmones respirando fuera del cuerpo y, sobre todo, una cabeza seccionada de un perro moviéndose con vida propia.

El científico que la protagonizaba no era ningún charlatán de feria sino ni más ni menos que el doctor Sergei Brukhonenko, un pionero en el desarrollo de técnicas de cirugía experimental (él sería el primero en realizar una intervención a corazón abierto en la URSS, en 1957) e inventor de un aparato denominado autojektor, una bomba para impulsar la sangre a latido (o sea, una especie de corazón artificial) que sentó las bases de las que se usan hoy.

Cornish se tomó completamente en serio la cuestión. Así, partiendo también de los estudios precedentes de George Washington Crile -un eminente cirujano que había llevado a cabo la primera transfusión sanguínea directa y era la autoridad número uno en cuestiones relacionadas con el sistema circulatorio-, se le ocurrió intentar revivir animales muertos. Él mismo sacrificaba a los perros con los que iba a experimentar.

Primero hacía circular la sangre usando, a falta de un corazón activo que la bombease, el teeterboard: una especie de balancín sobre el que depositaba el cuerpo y cuya inclinación basculante facilitaba que fluyera por las venas y arterias. Después inyectaba, al más puro estilo Reanimator, una solución que combinaba suero salino, oxígeno, adrenalina, eparina (sustancia anticoagulante extraída del hígado), fibrina (una proteína coagulante) y sangre. Simultáneamente insuflaba oxígeno soplando por un tubo de goma introducido en la garganta del animal por la boca.

El “teeterboard” de Cornish

Era el año 1932 y aquello se prolongó durante largos meses sin resultados, llegando a la conclusión de que el tiempo transcurrido desde el óbito hasta el inicio de la reanimación era excesivo y debía reducirlo. Entonces compró cinco fox terriers que se convertirían en los emblemas de su trabajo, bautizados todos con el mismo nombre: Lazarus (Lázaro, en alusión al personaje bíblico que Cristo resucita); se distibuían por la numeración adjunta.

Si hacemos caso a la prensa de la época, que asistió a una demostración pública, el 22 de mayo de 1934 logró revivir a los tres primeros, que llevaban cinco minutos muertos tras morir asfixiados con nitrógeno, aunque volvieron a fallecer enseguida. Pero con Lazarus IV, la cosa fue distinta. Un artículo del New York Times narra cómo el perro volvió a la vida, aunque en un estado muy precario, ciego y tembloroso, sin apenas capacidad motriz. Aún así, se mantuvo vivo varios días y ello sirvió de acicate para insistir. Al año siguiente repitió éxito con Lazarus V, que sobrevivió más tiempo aún pese a los graves daños cerebrales, que le hacían estar en un estado semiinconsciente.

Recorte de prensa sobre el experimento

Por lo que dijo, la evolución de los perros fue aceptablemente buena, mejorando físicamente a lo largo de más de dos semanas, ignorándose qué pasó luego con ellos. Es difícil saber hasta dónde llega la realidad y dónde empieza la leyenda porque el artículo no era de primera mano sino tomado de larevista llamada Modern Mechanix (ya hablamos de ella en el artículo Combate contra pulpos, el deporte más extravagante del siglo XX). Eso y el saber el trato dado a los perros llevó al Instituto de Biología Experimental de la Universidad, donde Cornish trabajaba, a prohibirle continuar en sus instalaciones.

Eso no le arredró y siguió trabajando en casa. Viendo la mala imagen dejada con los canes su primera intención fue cambiarlos por cerdos, que despertaban menos concienciación en la gente y, sobre todo, eran más parecidos a los humanos. Porque el siguiente paso estaba claro: traspasar la técnica al Hombre.

Tomó la decisión en 1947, después de ampliar los estudios con los perros y tras el paréntesis bélico de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual colaboró en la venta de bonos de guerra mediante la distribución de una película producida años atrás por la Universal Pictures y titulada Life returns (Six hours to life, según otra versión).

Carátula del DVD de la película Life returns/Imagen: FreeDVDcover

Life returns era distinta a la de Brukhonenko porque estaba realizada en clave de ficción, con un guión y actores. El argumento remite a la citada Frankenweenie de Tim Burton: un niño pierde a su perro y convence a su padre y a un científico para que intenten resucitarlo. El científico es el propio Robert E. Cornish interpretándose a sí mismo y el último tramo del film muestra imágenes reales suyas trabajando en su laboratorio con Lazarus. Al parecer, la Universal quedó horrorizada de lo mala que era y renunció a poner su nombre; asimismo, la British Board of Film Censors la prohibió.

Pero los perros ya quedaban atrás; era el turno del Hombre; por supuesto, el problema de revivir a un ser humano estaba en la necesidad de encontrar un voluntario que antes aceptara morir. Se solventó gracias a Thomas McMonigle, un convicto condenado a muerte que ofreció su cuerpo para después de la ejecución; no tenía nada que perder, evidentemente. Sin embargo, ante la idea de que los abogados obligaran a liberar al reo si sobrevivía -era un infanticida-, el estado de California denegó el permiso y McMonigle no pudo pasar a la posteridad, falleciendo en la cámara de gas de San Quintín en febrero de 1948.

Otro recorte, esta vez sobre la propuesta de la prueba en humanos

Apenas hay referencias sobre qué pasó después. Parece que Cornish insistió en sus investigaciones pero ya al margen de la comunidad científica, que empezaba a verle con suspicacia, y cayendo en la tentación de la prensa sensacionalista para poder financiarse. Curiosamente, algunas técnicas actuales como la animación suspendida (suspensión o ralentización de los procesos vitales con fines médicos, como la realización de operaciones a corazón abierto), tienen sus raíces en aquel tipo de proyecto extravagante. Cornish, por cierto, murió relativamente joven, a los sesenta años de edad, el 6 de marzo de 1963.

Fuentes:
Elephants on Acid. The most outrageus experiments from the history of science (Alex Boese)/Can Science Raise the Dead? (J. E. Ford en Popular Science)/Golden Horrors. An Illustrated Critical Filmography of Terror Cinema, 1931–1939 (Bryan Senns)/Famous Dogs in History/Wikipedia

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