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La muerte de Julio César, el origen de las autopsias y los informes forenses

La muerte de Julio César, el origen de las autopsias y los informes forenses 9 Abril, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Disección de un cadáver en el siglo XV/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los idus de marzo han llegado pero no han pasado todavía. La temible frase con que el adivino profetizó a Julio César su cruento magnicidio ha pasado a la Historia como sinónimo de un mal que se avecina.

César lo ignoró y le costó la vida tras caer acuchillado por veintitrés heridas de pugio (una daga que usaban los romanos) que, sin embargo, algunos cronistas aseguraron que no eran mortales excepto una que le atravesó el pecho.

El análisis del cadáver se plasmó en un informe que dio origen al término forense para referirse al lugar donde se enseñaba este tipo de medicina post mortem y que, a su vez, deviene del foro de Roma, la plaza donde se trataban los asuntos públicos y se celebraban los juicios; el escenario del crimen de Julio César.

Tanto Suetonio como Plutarco, entre otros, cuentan su asesinato en sus respectivas obras Vidas de los doce césares y Vidas paralelas. De ambos relatos se deduce cómo transcurrieron los hechos.

El 15 de marzo del año 44 a.C. el célebre general llegó al Senado y se le acercó Tulio Cimbro para pedirle clemencia para su hermano desterrado. César se negó a escucharle pero como el otro le tiró de la toga, se revolvió irritado contra él exclamando «¿Ista quidem vis est?» (¿Qué violencia es ésta?), dado que como tribuno y pontífice máximo era intocable. Pero, en realidad, aquel gesto constituía una señal para iniciar el ataque. Servilio Casca le dio la primera puñalada en el cuello, aunque no fue grave porque César se revolvió y exclamando “¿Qué haces, Casca?” se defendió con su punzón de escritura (estaba prohibido llevar armas en el Senado).

Casca invocó a los demás conspiradores en su ayuda y entonces llovieron las cuchilladas sobre la víctima. Trastabillando y envuelto en sangre, César cayó por la escalinata del pórtico mientras seguía recibiendo heridas hasta quedar a los pies de la estatua de Pompeyo, donde murió. Suetonio dice que sus últimas palabras fueron las famosas !¡Tu quoque, Brute, filii mei!” (¡Tú también, Bruto, hijo mío!) mientras que Plutarco cuenta que no dijo nada y empleó las fuerzas postreras en cubrir su cabeza con la toga.

Muerte de César (Gerome)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Suetonio también narra que se hizo venir a Antistio, el prestigioso médico personal del fallecido, quien certificó que a éste se le habían infligido veintitrés heridas pero que solamente una de ellas, la que le atravesó el corazón desde atrás, era verdaderamente mortal.

Consta que la primera fue de Casca pero no quien dio la siguiente, la decisiva, aunque tratándose de un asesinato colectivo no tiene mayor importancia; sí que la mayoría de las laceraciones fueron en las piernas y espalda, más algunas en los ojos, fruto del odio hacia su persona. Siguiendo el relato de Suetonio, Antistio sospechó en un primer momento que el arma homicida quizá estaba envenenada, aunque no lo corroboró.

En cualquier caso, el análisis del galeno se considera el origen histórico de las autopsias y los informes forenses; por supuesto que seguramente habría casos anteriores pero es el primero registrado en que un experto elabora una opinión a partir del cuerpo de la víctima.

Si hablamos de autopsias propiamente dichas, es decir, aquellas que se llevan a cabo en el contexto de una investigación judicial, habría que avanzar unos siglos desde los tiempos de Roma hasta llegar al XIV y en un enclave muy concreto, la ciudad italiana de Bolonia.

En su universidad enseñaba el florentino Tadeo Alderotti, quien fundó una escuela médica que seguía los métodos de los clásicos (Hipócrates, Galeno, Avicena…) según las cuatro causas aristotélicas (material, formal, eficiente y final), además de escribir un compendio de casos médicos titulado Consilia y otras obras del tema como De la conservazione della salute.

Alderotti, al que Dante sitúa en el Paraíso en su Divina comedia, tuvo como alumnos a futuras figuras de la medicina, caso de Mondino de Luzzi (un cirujano que escribió un manual de disecciones titulado Anatomía) y Gentile da Foligno (otro prolífico autor experto asimismo en disecciones que escribió un aplaudido tratado sobre la Peste Negra, enfermedad que, irónicamente, fue la causa de su muerte).

Autopsia medieval/Imagen: Strange History

Pero el que nos interesa es un tercer discípulo llamado Bartolomeo de Varignana, a quien corresponde el honor de esa primera autopsia oficial. Bartolomeo fue el encargado de hacérsela a un comerciante llamado Azzolino, quien falleció súbitamente tras sentirse mal después de comer.

Las circunstancias del óbito le parecieron sospechosas a su familia, que exigió una investigación y el juez ordenó entonces a este doctor que examinase el cadáver para intentar dilucidad si, en efecto, había sido un crimen o la muerte se debió a causas naturales.

Bartolomeo se encontró con un cuerpo hinchado y de piel aceitunada, muy oscura, que a priori parecía apuntar a un veneno; sin embargo su conclusión fue que hubo un exceso de sangre en la vena cava y en la vena vecina del hígado que “ha impedito il flusso dello spirito in tutto il corpo, e si é verificatto un degrado o meglio un’estinzione del calore innato in tutto il corpo”.

Era el año 1302 y acababa de nacer la medicina forense propiamente dicha, consolidándose un siglo más tarde (en Padua antes, en 1329) con la autorización por parte de las autoridades de diseccionar cadáveres humanos y ampliar la enseñanza de anatomía en las universidades.

Para ser exactos, Bartolomeo de Varignana no era tampoco quien hacia la primera autopsia de ese tipo, pues antes hubo otros casos como los del médico que buscaba el origen de la epidemia de peste de Cremona (1286) o el caso de la disección que describe Pietro D’Ebano de un farmacéutico de Padua que había bebido mercurio en vez de agua en la segunda mitad del siglo XIII.

La diferencia fundamental de lo que se hizo en Bolonia con el presunto envenenado estaba en su carácter público, ya que Bartolomeo no llevó a cabo su autopsia en privado sino públicamente y con la asistencia de otros médicos como testigos.

Fuentes: Medieval Medicine (Plinio Prioreschi) / La fragua de la Medicina Clínica y de la Cardiología (Juan José Puigbó) / La autopsia: la consulta final (VVAA) / Storia della definizione di morte (Francesco Paolo de Ceglia) / Vida de los doce césares (Suetonio) / Vidas paralelas. Alejandro y Julio César (Plutarco).

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