“Que coman pasteles”, la famosa frase que María Antonieta nunca pronunció

Publicado hace 2 semanas -


No es algo exclusivamente actual pero, ciertamente, la capacidad de difusión de las nuevas tecnologías y más en concreto de las redes sociales ha servido para extender ciertas citas históricas que en realidad no se pronunciaron jamás.

Al menos de forma comprobable. Internet rebosa frases célebres cuya atribución es errónea y eso cuando no salieron simplemente de la imaginación o del error de algún usuario.

Algunas son tan famosas que parece increíble que carezcan de autenticidad, en parte porque suelen ser verdaderamente ingeniosas.

Pero, insisto, no es nuevo y uno de los ejemplos más obvios es el de la famosa frase “Que coman pasteles” atribuida a María Antonieta.

Si hay un personaje vilipendiado sin piedad en su tiempo fue María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de Austria y reina consorte de Francia. En su persona se concentró todo el odio acumulado por el pueblo durante años y años de opresión, seguramente debido a que sumaba su condición de extranjera (y encima austríaca, enemigos seculares) a la de soberana.

Apenas tenía catorce años cuando se la entregó como esposa al Delfín de Francia, el futuro Luis XVI (que sólo era unos meses mayor), en un pacto de estado.

Es decir, en 1770 llegó a París una adolescente con la mentalidad propia de su edad y una deficiente educación que se verá ahogada por la agobiante etiqueta de la corte y caerá involuntariamente en las intrigas y manipulaciones políticas de las diversas facciones cortesanas.

Luis XVI con veinte años/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1774 los jóvenes esposos suben al trono; tan jóvenes, de hecho, que no consumaron el matrimonio hasta 1777, año en que empiezan a circular versos críticos contra la reina por haberse rodeado de un círculo de favoritos que desató la envidia de los que no formaban parte de él.

María Antonieta se refugia del aburrimiento de su cargo organizando fiestas suntuosas y salidas al campo pero su influenciabilidad la lleva a intentar intervenir en la política, ganándose nuevas animadversiones y provocando que su imagen se deteriore a pasos agigantados.

Llueven sobre ella todo tipo de acusaciones, desde relaciones lésbicas e incestuosas a conspiración en favor de su país natal, pasando por una vida disoluta de juerga y despilfarro; el famoso Escándalo del Collar le dio la puntilla definitiva a su menguante reputación y se la culpó a ella, a pesar de que en realidad fue una víctima más.

En ese contexto, agravado por la indiferencia de la clase privilegiada ante la miseria popular, en 1778 se produjo una crisis de subsistencias puntual. Faltaba harina para fabricar el pan, alimento básico de la dieta del pueblo llano -hasta el punto de que se le destinaba la mitad del salario-, y ésta se congregó ante el palacio reclamando soluciones.

Fue entonces cuando, presuntamente, María Antonieta preguntó a sus damas de compañía qué reclamaban y, al responderle que no tenían pan para comer, ella dijo la famosa frase: “Qu’ils mangent de la brioche”, traducido general e inexactamente como “que coman pasteles” (el brioche no es un pastel sino un bollo dulce).

Una expresión que quedó como ejemplo de su frivolidad e insensibilidad ante el sufrimiento de sus súbditos o, más aún, de su existencia en un mundo casi virtual, abismalmente alejado de la realidad del pueblo. Algún autor incluso denomina hoy Síndrome de María Antonieta a la vida de las élites que permanecen en esa situación.

Un brioche/Foto: Rainer Zenz en Wikimedia Commons

El problema es que no sólo no hay prueba alguna de que pronunciara esas palabras sino que cuando una verdadera hambruna había asolado la mitad norte del país en 1775 (lo que se llamó la Guerre des Farines), la correspondencia que se conserva de la reina revela una actitud muy diferente hacia el padecimiento de su pueblo; en contra de lo vulgarmente creído, parece que no era en absoluto insensible a la situación (gastaba auténticas fortunas en obras de caridad, lo que le hizo ganarse el apodo de Madame Déficit) y sus insuficiencias formativas las había ido paliando desde su llegada a Francia.

No hay que caer en una leyenda rosa, por supuesto, pues se trataba de un personaje perteneciente a un estamento cuyo nivel de vida estaba muy irresponsablemente por encima del de la mayoría, pero tampoco era el monstruo degenerado que se presentó en su juicio.

Jean Jacques Rousseau reseña la famosa cita en sus Confesiones pero atribuyéndosela a “una gran princesa”, sin concretar nombres, inspirándose al parecer en una antigua leyenda que ponía palabras similares en boca de la española María Teresa de Austria, consorte de Luis XIV, tal como el propio Luis XVIII corroboraría más tarde en sus memorias.

Dicha leyenda tenía una versión alternativa, la que identificaba como autora de la cita a la también española Ana de Austria, madre del Rey Sol (de hecho, habría otras dos opciones que acusaban a las hijas de Luis XV, Sophie y Victoire), en todos los casos con una ligera variante: diciendo “S’il ait aucun pain, donnez-leur la croûte au lieu du pâté”, es decir, “Si no tienen pan, dadles el hojaldre en vez del paté”.

Además, Rousseau publicó su libro en 1769 y María Antonieta no llegó a París hasta 1770, lo que indica claramente que no podía ser ella la gran princesa que mencionaba.

Jean-Jacques Rousseau (Quentin de la Tour)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Si se exceptúan los libelos y comedias bufas que circularon sobre la reina a raíz de su progresivo descrédito, muy especialmente desde que se desató la Revolución y ella y su marido fueron interceptados dos veces, la primera intentando dejar Versalles en su berlina y la segunda París, la primera referencia documental a la frase de marras poniéndola en su boca no aparece hasta 1848, en la obra Les Guêpes de Alphonse Karr.

Después se da por bueno el bulo y empieza a hacerse común, pese a que en 1853 Alejandro Dumas -todo un superventas de la época- tampoco la pone saliendo de los labios de la reina sino de los de la duquesa de Polignac, una de sus damas. A partir de ahí, se generalizó la atribución centrada en María Antonieta, cuya personalidad resultaba mucho más atractiva, obviamente.

Y es que a veces es imposible luchar contra las habladurías, sobre todo si se trata de una frase tan involuntariamente chusca y genial como ésta.

Fuentes: María Antonieta (Stephan Zweig) / María Antonieta y el escándalo del collar (Benedetta Craveri) / El rescate de la Historia (Ed Rayner y Ron Stapley) / Marie Antoinette. The journey (Antonia Fraser) / Wikipedia.

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