Historia

Mary Seacole, la controvertida “madre” de los soldados de la Guerra de Crimea

Mary Seacole, la controvertida “madre” de los soldados de la Guerra de Crimea 13 Marzo, 2017

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Única foto conocida de Mary Seacole/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Si hablamos del Ángel de Crimea muchos sabrán que nos referimos a Florence Nightingale, aquella dama británica de clase acomodada que decidió dedicarse a la enfermería.

Revolucionó la profesión tras su paso por la Guerra de Crimea atendiendo a los heridos de ambos bandos con una serie de innovaciones. La Historia ha sido justa con la que también fue conocida como Dama de la lámpara (por su costumbre de realizar rondas nocturnas, farol en mano, para asegurarse de que los pacientes estaban bien)

Pero no tanto con una compañera que quedó en segundo plano, eclipsada por Nightingale, probablemente por el hecho de no ser enfermera ni blanca: la jamaicana Mary Seacole.

El caso es que también hay voces que dicen lo contrario: que de un tiempo a esta parte se la ha ensalzado demasiado precisamente por ser de afroamericana y establecer así cierta paridad cultural.

O sea, que su papel en aquel conflicto estaría hinchado, habida cuenta de que sólo era una cantinera con aficiones sanitarias y no aportó nada nuevo concreto en ese campo, ya que en realidad lo que hacía era vender tentempiés a los soldados y, eso sí, tratarlos muy amablemente en un duro contexto en que éstos se lo agradecieron mucho.

Incluso se apunta el nombre de otra sanitaria negra, Kofoworola Pratt, que reuniría más méritos que ella para ser recordada, estudiada y homenajeada. En suma, la controversia sobre este personaje continúa vigente, por lo que lo mejor será hacer un rápido repaso a su biografía y que cada uno decida.

Otro retrato de Mary/Imagen: Lovely Old Tree

Mary era cuarterona (mulata, según otra versión), es decir, descendiente de blanco y mestiza, una mezcla de la que siempre se mostró orgullosa, tal como afirmó en su autobiografía Wonderful adventures of Mrs. Seacole in many lands (Las maravillosas aventuras de la señora Seacole por muchas tierras).

Hija de un militar escocés destinado a esa colonia y una curandera criolla, que sería quien enseñó a su hija sobre herboristería y medicina tradicional extra-académica, nació en Kingston en 1805, donde sus padres regentaban una popular hostería. Recibió una buena educación y en 1821 viajó a Londres para visitar a su familia paterna, que se dedicaba al comercio. Regresó a América con un cargamento de productos que puso a la venta y luego repitió la operación varias veces, iniciando así el oficio al que se dedicaría cinco años.

En Jamaica ayudaba a su madre en el negocio mientras colaboraba en el hospital militar británico y realizaba visitas a otros lugares del Caribe (Bahamas, Haití e incluso la Cuba española) desarrollando un boyante negocio de ultramarinos a la inversa. Así pudo reunir un capital gracias al que contrajo un provechoso matrimonio en 1836 con Edwin Horatio Hamilton, otro comerciante de quien se decía que era hijo ilegítimo de Nelson.

Los nuevos esposos se instalaron en Río Negro y abrieron una tienda pero la cosa no fue bien y tuvieron que volver a la capital jamaicana en 1840. Se inició entonces un período de catorce años en el que se fue sucediendo una adversidad tras otra: Mary enviudó en 1844, un año después de que un incendio destruyera la hospedería (aunque logró reconstruirla), su madre falleció también y una gravísima epidemia de cólera asoló la isla con la consiguiente incidencia negativa sobre la economía (y permitiendo a Mary practicar en el cuidado de los enfermos, lo que le valió el reconocimiento de los soldados británicos, que resultaron especialmente afectados).

Portada original del libro (1857)/Foto: Racial stereotype

Todo aquello la decidió a dar un giro a su vida. Su medio hermano, que se había establecido en Panamá, le escribió una carta invitándola a trasladarse allí y ayudarle a regentar una posada que tenía, pues la Fiebre del Oro que se desató en California en 1848 hacía que un aluvión de aventureros recurriera a Panamá para pasar a la costa oeste de EEUU en vez de atravesar las inacabables y peligrosas praderas del joven país.

Mary hizo las maletas y se puso en marcha, ocupándose de un negocio cuya clientela no era precisamente la mejor: todos los buscavidas ávidos de fortuna se alojaban allí y con ellos tenía que bregar, sin echarse nunca atrás. No obstante, el establecimiento se había construido en Cruces, cerca del río Chagres, un lugar que tiene cierto renombre porque allí estaría destinado Ulysses Grant poco después, en 1852, y que constituía un punto de paso para atravesar el istmo; eso sí, tan apartado y envuelto por la selva que en la estación de las lluvias solía inundarse y, con ello, extenderse los miasmas.

Así, en 1851 el cólera también llegó allí y, dada la ausencia de médicos, Mary volvió a desarrollar su labor sanitaria, inventando fármacos y tratamientos lo suficientemente exitosos como para que la gente acomodada pagase por sus servicios, aunque ella no cobraba a los pobres. Incluso llegó a realizar una autopsia a un bebé que le vino muy bien para aumentar sus conocimientos de anatomía y paliar la falta de formación.

La propia Mary enfermó pero pudo sobrevivir, que fue más de lo que pudo decir el centenar y medio de muertos registrados. Poco después los Seacole se trasladaron de nuevo, esta vez a la localidad de Gorgona, donde abrieron una hospedería con restaurante y un hotel exclusivo para mujeres. Pero el negocio no iba tan bien como esperaba y en un intento de viaje a Jamaica por razones comerciales sufrió por primera vez (o, al menos, la primera importante) el golpe del racismo, al no permítirsele embarcar en un navío estadounidense.

Cuando por fin llegó a su tierra en 1853 se encontró que había una nueva epidemia, esta vez de fiebre amarilla. Las autoridades le pidieron ayuda y ella no se la negó, aunque reconoce en su libro que poco se podía hacer. Pese a todo, abrió su antigua hostería a los enfermos y procuró tratarlos como pudo, ganándose el sobrenombre de la Doctora Amarilla.

Florence Nightingale en 1860, tras la guerra/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Mary estaba de regreso en Panamá, donde trataba de liquidar sus ruinosos negocios (ruinosos porque había invertido todo en una mina de oro que la obligó a atravesar la selva en piragua para encontrarse que no había metal por ninguna parte), cuando se recibió la noticia de que había estallado la guerra en Europa: los imperios Británico, Francés y Otomano (más el Reino de Cerdeña) contra el Ruso, al que intentaban impedir una salida al Mediterráneo.

El escenario bélico era la península de Crimea, en el Mar Negro. La intrépida aventurera decidió irse a Inglaterra a ofrecer sus servicios, pues el ministro de Guerra Sidney Herbert había encargado a Florence Nightingale la organización de un cuerpo de enfermeras, pero su solicitud fue rechazada por no poder acreditar formación ni experiencia. Tras varios intentos en diferentes instancias, todos fracasados porque entonces la enfermería solía ser cosa de mujeres de la alta sociedad y blancas, resolvió marchar a Crimea por su cuenta.

Allí se presentó ante Nightingale avalada por la carta de un médico que había conocido durante una parada en Malta. La célebre enfermera la recibió con amabilidad, la alojó y le permitió incorporarse al frente, aunque sin incluirla en su grupo. Antes de partir, Mary había formado una sociedad para instalar un British Hotel tras las líneas, en Kadikoi, cerca de Balaclava, donde se había situado el principal campamento militar para acomodar a las tropas que desembarcaban; un sitio donde los pacientes pudieran gozar de cierta comodidad en habitaciones individuales y con comedor durante su convalecencia.

Y eran muchos los que se encontraban en tal situación porque el número de heridos era superado, cosa habitual entonces, por el de enfermos por epidemias, especialmente el cólera, y los masificados y antihigiénicos hospitales de campaña no hacían sino empeorar el cuadro. No lo tuvo fácil y para construir las instalaciones del edificio hubo de reunir materiales de ocasión, reciclando desde chapas de metal a maderamen de buques, pasando por vigas o puertas abandonadas, escombros, etc. Pero en marzo de 1855, con una inversión total de ochocientas libras, se inauguró el British Hotel.

Dibujo del British Hotel hecho por una enfermera de Nightingale/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No disponía de camas, ya que la gente dormía en sus tiendas de campaña o en las literas de la Royal Navy, pero sí de un cocinero francés llamado Alexis Soyer que se empeñó en mejorar la dieta de la tropa, así como una tienda con multitud de productos muy apreciado por todos porque allí podían conseguir casi cualquier cosa que necesitaran. También contaba con un establo del que a menudo robaban ganado, pero aún así el negocio prosperó porque la calidad de la comida servida atrajo a multitud de oficiales, siempre más exquisitos.

No era raro que Mary se acercase a las trincheras a llevar té, limonada y tabaco, y ello hizo que la animasen a proporcionarles también medicamentos, levantando la admiración de los soldados (que la llamaban Madre Seacole), de los corresponsales de prensa y de la misma Florence Nightingale. Al contrario que ésta, cuyo hospital estaba alejado del frente, Mary no tenía problema en moverse entre las balas y alguna vez se dedicó a entrar en edificios donde poco antes se habían desarrollado combates para recoger todo aquello que pudiera resultar de utilidad, lo que hizo que en una ocasión una patrulla francesa la tomara por saqueadora y la arrestara, hasta que los británicos aclararon la cosa a sus aliados.

A menudo la acompañaba una adolescente llamada Sarah o Sally, que muchos pensaban que era hija suya pero nunca se ha podido confirmar.

Los movimientos de Mary en Crimea/Imagen: Sjwelss53 en Wikimedia Commons

La guerra terminó en marzo de 1856, los ejércitos volvieron a casa y Mary quedó en una apurada situación económica, presionada por las deudas de un negocio lleno de mercancía para la que ya no tendría clientela. Subastó todo lo que pudo, primero entre los aliados y después entre los rusos que empezaban a regresar a sus hogares, pero el 9 de julio de ese año zarpó el último barco con ella a bordo medio arruinada. De nuevo en Inglaterra, sufriendo achaques de salud, siguió sintiendo el acoso de los acreedores y se declaró en quiebra.

Pero su penosa situación no pasó desapercibida: la prensa alertó de ella e inmediatamente la revista Punch organizó una colecta popular en la que colaboraron masivamente los excombatientes, aún agradecidos por sus cuidados. Esas recaudaciones de fondos se repetirían un para de veces más a lo largo de una década, siempre con importante participación general del estamento militar, del público en general e incluso del mismísimo Príncipe de Gales.

El British Hotel en un dibujo de prensa/Imagen: BBC

Entre eso y la publicación en 1857 de su autobiografía (la primera que escribía una mujer de color), diez años más tarde pudo adquirir un terreno en Kingston, construir una casa para vivir, otra para alquilar y retirarse.

O eso parecía, porque si nueve años antes hubo que disuadirla de que viajara a la India para ayudar a los heridos de la Rebelión de los Cipayos, en 1870 volvió a brotar su incansable espíritu e intentó hacer otro tanto en la Guerra Franco-Prusiana; en este segundo caso, el círculo de Florence Nightingale desaconsejó que se aprobara su ofrecimiento insinuando que en Crimea había regentado una casa de dudosa moralidad e incitado a la bebida. Así que los soldados galos y germanos se quedaron sin sus atenciones y, en cambio, la familia real británica sí la recibió e incluso contrató, pasando a ser la masajista personal de la Princesa de Gales, que sufría de reumatismo.

Mary Seacole murió en Londres en 1881, víctima de una apoplejía. Irónicamente, dejó una herencia considerable: a su hermana los inmuebles; a varios militares, valiosas joyas de diamantes que le habían regalado.

Fue enterrada en el cementerio católico de St. Mary (se había convertido al catolicismo unos años antes) y cayó en el olvido durante un siglo hasta que Jamaica recuperó al que podía considerarse uno de sus personajes históricos más destacados, colmándola de honores que no tardaron en repetirse en todo el Reino Unido: monumentos, hospitales y premios con su nombre, exposiciones, sellos con su efigie, galardones in memoriam… Así hasta la citada polémica que se desató en 2012.

Retrato de Mary Seacole en la National Gallery (por Albert charles Challen)/Imagen:dominio público en Wikimedia Commons

Fuentes: Wonderful Adventures of Mrs. Seacole in Many Lands (Mary Seacole) / Mary Seacole (Ron Radmin) / Hell Hath No Fury. True Stories of Women at War from Antiquity to Iraq (Rosalind Miles y Robin Cross) / Wikipedia.

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