Estos tipos te quieren invitar a comer

Publicado hace 1 semana -


Los langares son comedores públicos situados en gurdwaras (templos sij) en los que grupos de voluntarios dan de comer a todo aquel que pase por allí, sin pedir nada a cambio excepto que te quites los zapatos y te cubras la cabeza.

Consigues tu bandeja y una cuchara y te sientas en el suelo sobre unas alfombras largas y estrechas, lo suficientemente amplias para asentar en ellas el culo y las piernas cruzadas. Los voluntarios pasan a lo largo de la fila cargando un cubo y un cazo y sirviendo arroz o dal o papillas a todo aquel que lo pida. También hay otros que llevan un depósito de agua con ruedas y otros con bandejas de chapati, y en vez de una simple señal a estos últimos hay que llamarles juntando ambas palmas boca arriba, todo un gesto de petición, y solo entonces dejarán caer el pan sobre tus manos. Nada de intentar cogerlo de cualquier otra forma, o juntas las palmas y te rindes ante la generosidad del voluntario sij o no hay chapati. Es uno de los detalles que hacen de los langares mucho más que un simple lugar en el que comer gratis.

El sijismo es un movimiento reformista que surgió en India alrededor de 1480. Uno de sus principios centrales es que todas las personas son iguales, sin importar su género, religión, etnia, casta o edad, lo cual era un concepto bastante revolucionario para la sociedad de castas de la India del siglo XV. Como símbolo de esta igualdad y de la unidad de toda la humanidad Guru Nanek Dev, fundador de la religión, diseñó los langares. La comida estaría disponible para todos, el rico comería con el pobre, y todo funcionaría mediante donaciones de los fieles y trabajo voluntario por la gracia de Dios. Y así ha funcionado durante cinco siglos.

A veces los langares están repletos y te pierdes en la multitud y a veces hay poca gente y tras unos segundos todos saben que hay un guiri en el gurdwara y te observan comer atentamente. Unas veces las reglas están totalmente claras y otras has de improvisar y adivinar cómo hacer las cosas esperando no cagarla y faltar al respeto a nadie. Si es el comedor del Templo Dorado de Amritsar, que sirve 170.000 comidas al día, un blanco comiendo dal en el suelo no será una visión extraña y podrás sentarte con tus garbanzos como uno más. Pero si es un pequeño gurdwara en las montañas del valle de Parvati nada te librará de ser el centro de atención.

Eso no significa nada malo. Algún tipo de la fila de enfrente te echará un vistazo de vez en cuando y murmurará aprobadoramente cuando te vea partir un trozo de chapati y hacer con él una cuchara con la que tomar la sopa. En vez de rezar para que pase el tipo del cubo de arroz con leche, los voluntarios se acercarán cada poco a preguntarte si quieres un poco más de algo y les dirás tímidamente ¿quizá un poco más de dal?.. y ellos se irán alegremente a por el cubo porque el que llevan está lleno del puré amarillo pero no pasa nada porque eres su huésped y están encantados de traerte el dal. A veces, si hay poco lío y estás hacia el final de la alfombra, oirás a un par de voluntarios juntarse a cuchichear y echarte miradas furtivas y por el tono de sus voces deducirás que están comentando el saque que tiene el blanquito, ya lleva tres platos de arroz, debe llevar sin comer desde el festival de Diwali.

Nadie preguntará jamás si eres cristiano o musulmán o hindi o adorador del fuego. Los sij creen que todas las religiones son igualmente válidas y capaces de guiar hacia la iluminación. Saben que eres un ser hambriento y humilde que devora dal, y no necesitan saber nada más que eso y si ya estás lleno o para asombro de la concurrencia eres capaz de despachar un par de cazos más.

Solo una vez en mis numerosas expediciones a los langares vi un mal gesto: uno de los voluntarios, un viejo sij de barba blanca que parecía el hermano perdido de Papá Noel y Sandokán, me echó de comer de mala gana y cuando un rato después le pedí una segunda ronda se hizo el sueco y se dio la vuelta como si no me hubiese visto. Pero probablemente el problema no eran los prejuicios del viejo Sandokán sino que había encontrado ese gurdwara de casualidad y no llevaba nada con lo que cubrirme la cabeza aparte de la capucha de mi chaqueta. Unas horas después volví para cenar, atemorizado y con todo el protocolo en orden, y otro voluntario me recibió con su cazo en alto y exclamando welcome, welcome! Hungry tonight? y me obligó a sentarme en la alfombra mientras él iba a buscarme una bandeja.

Así que la generosidad y la devoción de los sij te llenan la barriga sin aligerar tu cartera, proveyendo además un colorido entretenimiento durante el proceso. Y terminas y te levantas y a veces tienes que lavar tu bandeja y otras veces simplemente se la das a alguien para que la ponga en un montón y te vas sin decir nada a nadie porque todos están ocupados en la cocina o entre las filas. Y estás contento porque has conseguido una buena comida sin pagar pero al mismo tiempo no es lo mismo que cuando alguien te invita a comer tras charlar un par de horas en el coche. Simplemente has llegado allí y te has sentado en el suelo y has exigido comida, sin que nadie sepa quién coño eres y si tienes o no dinero para ir a un restaurante (no es que los langares sean comedores de beneficencia, son para todo aquel que quiera ir, pero se podría opinar que el sitio del guiri blanco y supuestamente rico no está en esa alfombra sino en el restaurante en el que triplican los precios de todo, que para eso tienen que aguantar tanto forastero haciendo mierdas extrañas).

Y los ves rellenarte la bandeja alegres y emocionados y hasta agradecidos de que hayas ido allí, y nadie se pone a pensar que igual esto se convierte en una moda y las donaciones de los fieles empiezan a volar porque el langar está lleno de europeos melenudos que comen como salvajes y son muy educados, sí, pero ¿quién va a comprar más arroz? No hay nada de eso, y tarde o temprano te asalta la duda de si te estás aprovechando de esta pobre gente y de su fe o ingenuidad (según como lo veas). Pero no parece que ellos tengan problema ninguno, porque al día siguiente asomas la cabeza esperando oír algo así como joder, otra vez está aquí el tipo este y lo único que encuentras son sonrisas y más dal, y no precisamente sonrisas hipócritas de camarero sino sonrisas de verdad, porque son gente humilde que apenas tiene oportunidad de interactuar con extranjeros o porque creen que un blanco allí da caché al garito o porque simplemente les haces gracia o porque eres una oportunidad para expandir las fronteras de la generosidad sij. El caso es que sonríen y te alimentan una vez más y tú tienes cuidado de no comer demasiado y de no ir allí tres veces al día, pero probablemente no les molestaría lo más mínimo si lo hicieras.

Y si alguno de ellos hablara suficiente inglés como para debatir el asunto, seguramente te diría que no importa si viniste ayer porque ayer no existe, y que aquí y ahora tú tienes hambre y ellos tienen daal para repartir. Y tú explicarías la ligera sensación de culpa que sientes desde que entras al gurdwara hasta que te llenan la bandeja y ellos dirían que eso no es más que maya y ego. Y tú harías un último intento diciendo que aceptas su comida sin ofrecer nada a cambio y de nuevo ellos responderían inmediatamente que estás equivocado y que devuelves algo mucho más valioso que la comida.

Les ofreces una oportunidad para servir. Les ofreces salvación.

Este artículo se publicó en El Largo Viaje a Casa / Texto y fotos por Diego Rodríguez.

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