La botella de vino sin abrir más antigua que se conserva tiene más de 1.500 años

Publicado hace 3 meses -


Se considera que un vino es añejo cuando ha sido sometido a un proceso de envejecimiento de al menos veinticuatro meses, sea en barrica de roble o en botella.

Y, aunque popularmente se cree -erróneamente- que cuanto más viejo mayor calidad tiene, habría que preguntar hasta que fecha estaría uno dispuesto a remontarse para catar un caldo: ¿cinco años, diez, veinte? ¿Qué tal milenio y medio?

Ésa última expresión no es una broma; se trata de la edad que se le ha calculado a la botella de vino sin abrir más antigua que se conserva, la llamada Römerwein, hallada en 1867 durante unas excavaciones para hacer los cimientos de un inmueble cerca de la ciudad de Speyer, en la región alemana de Renania-Palatinado, donde se sabía que hubo un asentamiento romano del siglo IV d.C.

Resultó que allí, en el subsuelo, estaba la tumba de un noble: aparecieron dos sarcófagos de piedra que contenían sendos cuerpos, uno masculino, identificado como un militar, y otro femenino cuya identidad no se concretó. Dentro de lo interesante que era per se este descubrimiento, más resultó al verse que en cada uno de los ataúdes había un ajuar poco común.

Efectivamente, el hombre había sido enterrado con diez botellas de vino y la mujer con otras seis, todas de vidrio, suponiéndose que se colocaron allí para que les acompañasen en su viaje a la otra vida. La gran sorpresa para los arqueólogos fue que aunque las demás vasijas estaban rotas, una se hallaba aún entera y en buen estado. Tenía apariencia de ánfora e incluso contaba con unas pequeñas asas que adoptaban la forma de delfines, así como con el clásico sello-tapón de cera romano, pero no estaba hecha de cerámica sino de cristal verde-amarillento. La datación cronológica la sitúa entre los años 325 y 350 d.C.

La botella expuesta en el museo / Foto: Altera levatur en Wikimedia Commons

Pero la cosa todavía era susceptible de mejorar: en el interior del recipiente, ocupando aproximadamente un tercio del total, todavía quedaba líquido. Es difícil asegurar que se trate de vino o que, al menos, pueda seguir llamándose así; no sólo por el color blanquecino adquirido con el paso de los siglos, sino porque parece probable que el sabor tampoco se le parezca ya, al haber perdido el etanol y avinagrarse considerablemente.

Dicen que durante la Primera Guerra Mundial fue analizado por químicos alemanes que concluyeron que sí era vino pero que podría resultar venenoso. Sin embargo, no está claro que eso llegase a suceder, por lo que se considera que la botella permanece aun sellada.

De hecho, últimamente se ha planteado la posibilidad de abrirla y realizar un análisis. Ahora bien, no todos ven con buenos ojos la idea porque creen que el contacto con el aire podría estropear más el caldo, de ahí que la vasija haya permanecido cerrada prácticamente el último siglo. Gracias a ello, explica Ludger Tekampe, el contenido no parece haber experimentado ningún cambio apreciable. Tekampe, conservador del Historische Museum der Pfalz (Museo Histórico de Pfalz), la institución que guarda la Römerwein como una de sus piezas estrella, muestra cierto recelo ante una apertura porque no se sabe cómo reaccionaría el vino al retirarle el tapón, sin contar el riesgo de rotura de la botella.

Monika Christmann, profesora de enología de la Hocschule Geisenheim (la universidad de Rheingau, una comarca vinícola del estado de Hesse, principal productora de Alemania) opina con cierto humor que es probable que el vino “no esté estropeado microbiológicamente, pero no traerá alegría al paladar”.

No obstante, hay que tener en cuenta que el vino, seguramente elaborado en Germania, era aderezado por los romanos con una mezcla de hierbas y además se le añadía una buena dosis de aceite de oliva para que formara una capa encima, manteniéndolo protegido y facilitando su conservación, especialmente al estar no en un ánfora sino en un poco común recipiente de cristal.

Es decir, salvo que cambie la cosa, enólogos y curiosos se quedarán sin saber cómo sabe y huele el vino más antiguo que se conserva en estado líquido (hay muestras de otros sitios que se remontan a seis mil años a.C. pero en estado sólido, posos en forma de polvo). Curiosamente, en el Historische Museum der Pfalz también se puede ver la botella más antigua que existe con vino alemán líquido: un caldo cosechado en 1687 en la viña Steinauer, cerca de Naumburg.

Fuentes: Speyer.de / The History of Wine in 100 Bottles (Oz Clarke) / Wikipedia.

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