El Muro de Cráneos del Monasterio de Dodoka en el Tibet

Publicado hace 4 meses -


La utilización de osamentas humanas para decorar una estancia no es cosa de películas de psicópatas ni mucho menos. Hay unos cuantos ejemplos, muy conocidos además.

Varias iglesias y monasterios recurren a ese sistema para sus criptas: la sobria Capela dos Ossos de la ciudad portuguesa de Évora, el fantástico Osario de Sedlec en la República Checa, las enormes catacumbas de París… Sin embargo, hay un elemento común en todos estos sitios: la afinidad cultural y/o la religión común. Por eso resulta curioso destacar un caso diferente y exótico: el muro de cráneos del monasterio de Dodoka, en la Región Autónoma del Tibet.

Llamado también Muro de Cráneos de Biru, su concepto difiere un poco del estilo europeo porque no se trata tanto de un revestimiento óseo como de una exposición de calaveras que descansan, una tras otra, sobre estantes hasta sumar en torno a un millar de unidades. Es decir, algo parecido a los tzompantlis mesoamericanos prehispánicos y que tiene cierta equivalencia en algunas criptas de cenobios ortodoxos griegos, sólo que a gran escala.

El monasterio de Dodoka se encuentra en la provincia de Biru, perteneciente a la prefectura de Nagchu, y se extiende por un área de unos cuatro mil metros cuadrados por los que se reparten las distintas dependencias: habitáculos para los monjes, templos, patios y un colosal foso sepulcral adoquinado donde se sitúa una losa de piedra que tiene una función realmente curiosa: sobre ella se colocan los cadáveres a cielo abierto para que los buitres puedan posarse sobre ella y devorarlos, de manera que se complete de la forma más natural que existe el ciclo vida-muerte.

No es algo único, ya que en la Antigüedad se hacía algo similar en otras civilizaciones y credos; el zoroastrismo persa, por ejemplo, que depositaba los cuerpos en lo alto de columnas para que esas aves carroñeras se encargaran de descarnarlos.

Un buitre se dispone a comer en Tibet / Foto: Chensiyuan en Wikimedia Commons

En el caso tibetano, se dejan en posición sedente sobre la susodicha losa durante dos días, mientras un lama recita salmos y oraciones a ritmo de tambor junto a los familiares. Pasado ese tiempo los monjes proceden a quitarles la carne, que arrojan a las aves, a las que previamente han atraído quemando enebro. Una vez acabada esa laboriosa tarea, rompen la columna vertebral y machacan los huesos, mezclándolos con harina de cebada, té y mantequilla porque la pasta obtenida se sirve como alimento a otras aves de rapiña más pequeñas como cuervos o halcones; de paso, se ahorra el espacio que de otra forma habría que disponer para los entierros o esparcimiento de cenizas.

Así, solamente se dejan intactos los cráneos para ponerlos en una sucesión de estantes a lo largo de los muros occidental y meridional del patio del monasterio que, por cierto, tiene dos puertas: una para los vivos y otra para los muertos.

Esta extraña concepción funeraria es el resultado de una sincretización del budismo con tradicionales costumbres de la región -en realidad no sólo de Tibet sino también de Mongolia y zonas del interior de China- y que obedece a la idea de que el cuerpo sólo es un envoltorio físico para el espíritu, que se reencarnará en otro, por lo que es justo que al dejar de ser necesario por producirse el óbito sirva para nutrir a otro ser vivo en lo que se denomina Bya gto (algo así como limosna para los pájaros).

Incluso el yak sobre el que se ha transportado al difunto se beneficia, ya que se le deja en libertad. Hay que decir que todo ese proceso no se lleva a cabo únicamente en recintos sagrados; los campesinos que viven en lugares aislados lo hacen ellos mismos, aunque en tal caso el ritual suele limitarse a dejar los cadáveres en una zona alta y abierta para atraer a los buitres. Si éstos declinan probar el alimento, cosa que ocurre a veces si el finado falleció en un hospital y los animales detectan restos de fármacos en su organismo, se considera un mal presagio.

Foto: Pessimist Incarnate

¿Cuál es el origen de esta costumbre? Como suele ocurrir hay múltiples hipótesis que además no son excluyentes sino que probablemente estén interrelacionadas. Está claro que el suelo del Tibet, formado básicamente por permafrost (terreno helado) en su parte superior y roca debajo, es muy duro de excavar; tampoco la cremación es una buena alternativa, dada la escasez de madera a esas cotas de altitud.

En el caso del zoroastrismo, a los factores naturales (la inhumación podría contaminar los pozos de agua, un bien demasiado escaso y valioso en el desierto iranio como para arriesgarse) se añaden los religiosos, como la necesidad de purificar el cuerpo y dar un tiempo para que salgan los demonios de su interior. Algo parecido pensaban los indios de Norteamérica, que enterraban a la gente común pero a los guerreros caídos en combate se los ponía en un catafalco elevado (o en las ramas de un árbol) para que su espíritu pudiera salir (en realidad, seguramente era una forma de aislar los cuerpos y protegerse de epidemias).

Pero si nos centramos en la modalidad tibetana y, más concretamente, en la exposición de cráneos, que es el verdadero elemento diferencial, habría que revisar las leyendas, mayoritariamente procedentes de la tradición oral. Una habla de un niño que contempló un crimen múltiple y quedó tan traumatizado que se fue a vivir con Buda al monasterio de Dodoka; a medida que crecía iba colocando las calaveras de los difuntos en las paredes como amuletos para mantener alejado al asesino y luego, cuando él finalmente falleció de anciano, sus compañeros continuaron haciéndolo en recuerdo suyo.

Otra historia dice que fue Buda viviente el iniciador de la costumbre para mostrar gráficamente a los visitantes la levedad de la vida y animarles a aprovecharla.

El patio con el muro de cráneos / Foto: chinayak.com

El caso es que actualmente son tres los cenobios tibetanos que tienen paredes de cráneos: aparte del mencionado de Dodoka, están el de Ridazeng y el Quedai, todos localizados en Biru, aunque la mayor parte de las piezas se han ido perdiendo, especialmente tras la Revolución Cultural China de la segunda mitad de los años sesenta, y sólo los monjes de Dodoka la mantienen apoyados por el gobierno con vistas a incentivar el turismo.

Fuentes: Strange Remains / Tibet Vista / China Travel / Wikipedia

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