Geografía

Benjamin Morrell, el explorador que descubría islas inexistentes

Benjamin Morrell, el explorador que descubría islas inexistentes 9 Diciembre, 2016

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

La isla Bouvet en una fotografía de 1898 / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

Alcanzar la fama merced a un gran descubrimiento que luego resulta ser falso no es algo nuevo en la Historia. Desde la mandíbula de Piltdown hasta el fraude de la fusión fría, pasando por el Gigante de Cardiff y un sinfín de casos más.

Siempre ha habido personas sin escrúpulos dispuestas a hacer lo que sea para lograr reconocimiento. En el caso de la Geografía tampoco faltan ejemplos, especialmente de los tiempos en que el mundo aún no estaba totalmente explorado y a menudo se cubría con imaginación lo que no se podía comprobar.

A partir del descubrimiento de América circularon multitud de leyendas sobre ciudades perdidas y reinos fabulosos que rara vez se concretaron en algo más que poblados mucho menos fascinantes que lo que se contaba.

Y África también levantó muchas suspicacias, como veíamos días atrás en el artículo dedicado a la visita de René Caillié a Tombuctú o como tuvieron que sufrir aquellos exploradores que aseguraban, ante el escepticismo general -cuando no la rechifla-, que en el centro del continente había grandes montañas nevadas. En fin, el propio Marco Polo pasó a la posteridad no tanto por sus viajes como por el relato de éstos, trufado de exageraciones y fantasías.

No sorprende por tanto la historia de Benjamin Morrell, un joven navegante que en la primera mitad del siglo XIX, tras ocho años recorriendo los océanos Pacífico y Antártico, publicó un relato de sus viajes titulado A Narrative of four voyages en el que reseñaba un buen número de territorios insulares descubiertos que ya desde el primer momento hicieron dudar al mundo científico y que, con el tiempo, en efecto, se comprobó que no existían. Fanfarrón, ignorante, charlatán y vanidoso fueron algunos de los epítetos que le dedicaron sus contemporáneos, todo ello resumible en el apodo con que ha trascendido al paso del tiempo: “el mayor mentiroso del Pacífico”.

Retrato de Benjamin Morrell / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

Es difícil establecer cuánto había de engaño deliberado en Morrell y cuánto de simple torpeza. Él mismo indicó en el prólogo de su obra que lo que contaba estaba enriquecido con experiencias de otros marinos (sobre todo James Wedell, descubridor del mar homónimo), así que encima parte de su testimonio ni siquiera era de primera mano.

Sin embargo, no le faltaron defensores que consideraron su prosa ágil y entretenida, o que disculparon los errores con argumentos diversos, desde que carecía de un cronómetro para hacer las mediciones hasta que se le criticaba por no escribir en tono patriótico, como otros. En ese sentido, resulta curioso que los geógrafos le atizaran pero no los historiadores ni los literatos (incluso se dice que Edgar Allan Poe se inspiró en su libro para la Narración de Arthur Gordon Pym).

Morrell nació el 5 de julio de 1795 en Rye (Nueva York) y desde pequeño estuvo ligado al mundo naval al trabajar su padre en un astillero. A los dieciséis años se fugó de casa y se embarcó, participando en la guerra que enfrentó al joven país americano con su antigua metrópoli en 1812. Después aprendió el oficio de la mano de un capitán y logró convertirse en primer oficial del Wasp. Se trataba de un barco dedicado a la caza de focas que zarpó en 1822 rumbo a las Islas Shetland en el que vivió trepidantes aventuras, al término de las cuales fue nombrado capitán de la nave.

En el verano de ese mismo año partió hacia el Polo Sur acompañado de la goleta Henry, de la que se separó a la altura de las Malvinas. Llegó a Georgia del Sur en noviembre y continuó hasta la isla Bouvet, considerada la más alejada del mundo y que nadie había vuelto a ver desde que la descubriera el francés Jean-Baptiste Charles Bouvet de Lozier en 1739.

Puntos donde fue avistada Nueva Groenlandia del Sur / Imagen: Ruthfirsch en Wikimedia Commons

De hecho, tampoco se avistaría de nuevo hasta mucho después porque Morrell anotó mal su posición, algo que ya había hecho más veces a lo largo de la singladura, por eso se puso en duda su afirmación de que había cazado focas en ella. Bueno, por eso y porque en su descripción olvidó reseñar el pequeño detalle de que estaba cubierta de hielo perenne, un dato difícil de obviar.

El Wasp siguió adelante y recaló semana y media en el archipiélago de las Kerguelen para pasar las fiestas navideñas. Después reanudó viaje, superó el meridiano de Greenwich y el 28 de febrero alcanzó las Islas Sandwich del Sur, el punto más meridional del planeta con la excepción de la Antártida, convirtiéndose Morrell en el primer navegante estadounidense en cruzar el Círculo Polar Antártico… suponiendo que todo fuera verídico, ya que, una vez más, sus anotaciones al respecto fueron puestas en tela de juicio por la rapidez con que lo hizo, salvo que hubiera coincidido con un momento en que el mar estuviera libre de hielos flotantes; en ese sentido, muchos opinan que se limitó a copiar lo publicado por Weddell anteriormente.

En cualquier caso, allí el Wasp giró hacia el norte y en la segunda mitad de marzo descubrió una gran masa de tierra bautizada como Nueva Groenlandia del Sur, a la que también se conoció como Tierra de Morrell. Más tarde se demostró científicamente que era imposible una isla en aquellas latitudes, ya que la profundidad marina superaba los mil quinientos metros; es más, el alemán Wilhelm Filchner recorrió la zona en 1912 sin encontrarla y el británico Ernest Shackleton haría otro tanto, lo que implica que o bien Morrell mentía o se equivocaba una vez más en sus registros, aunque también se han apuntado otras posibilidades como haber tomado por isla lo que en realidad era un iceberg o ser víctima de un espejismo, como le pasaría a James Clark Ross en la misma zona en 1843.

El resto de la singladura no tuvo mayor interés y el Wasp, tras recorrer la costa oeste americana, echó el ancla en el puerto de Nueva York en mayo de 1824. Pero las aventuras de Morrell no habían terminado aún. En julio volvio a zarpar al mando del Tartar, atravesando el Estrecho de Magallanes para pasar al Pacífico. Subiendo hacia el norte asistió en El Callao al final del imperio español de ultramar, contempló una impresionante erupción volcánica en las Islas Galápagos y combatió contra los indios en California, siendo herido de un flechazo. Regresó a Nueva York el 8 de mayo de 1826 cargado de pieles de foca cazadas en una nueva visita a las Galápagos.

Itinerario del Wasp en su viaje antártico / Imagen: Dominio público en Wikimedia Commons

En 1828 recibió el mando de la goleta Antartic con la misión de explorar las costas meridionales de África en busca de posibles fuentes de riqueza, algo en lo que tuvo éxito: no por su descripción del intenso mercado esclavista, que a él le desagradó y además ya decaía por la prohibición de la trata, sino por las oportunidades de comercio de pieles de animales y, sobre todo, el descubrimiento de los importantes yacimientos de guano de la isla Ichaboe, que recomendó explotar a sus armadores.

Finalmente, como Colón, Morrell realizó un cuarto viaje con el mismo barco pero de nuevo al Pacífico. Partió en septiembre de 1829 con Abby Jane, su segunda esposa, a bordo (la anterior había muerto durante su primer periplo y con ella sus dos hijos), pero no fue un episodio afortunado. La Antartic llegó a Nueva Zelanda esperando encontrar focas pero resultó que no había. Su siguiente etapa, en la Micronesia, se saldó con una escaramuza con los nativos que él convirtió en una gran batalla. Hubo un armisticio temporal que se aprovechó para comerciar y recoger holoturias, pero volvieron las hostilidades y Morrell optó por levar anclas.

El regreso se consideró un fracaso pero él lo afrontó escribiendo su libro, al parecer con la ayuda de un negro, que publicó en 1832. Su mujer, por cierto, también contaría la experiencia del cuarto viaje en Captain’s wife. En cualquier caso, Morrell siguió navegando pero su mala fama le cerró muchas puertas y la muerte en forma de fiebres tropicales le sorprendió en Madagascar en 1839. Pese a todo, hoy en día una isla del archipiélago Tule del Sur, en la parte meridional de las Sandwich del Sur, lleva su apellido.

Fuentes: En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Simon Garfield) / Exploring Polar Frontiers: A Historical Encyclopedia (William J. Mills) / A Narrative of Four Voyages (Benjamin Morrell) / Wikipedia.

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