Doble muralla para frenar el avance del mar el Tailandia

Wat Khun Samutchine es un templo budista construido hace relativamente poco, en 1967, en el Golfo de Tailandia. No es grande ni fastuoso y, por tanto, tampoco forma parte de la lista de templos atractivos para un turista. Pero eso no quiere decir que tenga que dejar de existir, cosa que está más próxima de lo que los monjes quisieran.

Y no se trata de ninguna guerra religiosa ni de depredación inmobiliaria. La sombra que amenaza el lugar es la subida del nivel del mar como consecuencia del cambio climático, algo especialmente grave en esa región del planeta, donde las aguas avanzan tierra adentro a un ritmo de 25 metros al año. Los habitantes de la provincia costera de Samut Prakan, en el delta del Chao Phraya, ya han tenido que trasladarse varias veces y ver cómo aldeas enteras van quedando anegadas.

La próxima víctima que engullirá el mar, tras el hospital, un par de escuelas y miles de viviendas, es el templo, al que ya hay que entrar utilizando un tosco puente de madera. De hecho ya sólo queda allí el abad acompañado de 3 monjes; el resto se han buscado cenobios más tranquilos. Los que resisten están empeñados en salvar el lugar elevándolo, pero no será fácil pues se calcula que el nivel del agua sube 1,1 milímetros al año como mínimo.

Por eso Tailandia ha organizado un gran comité multidisciplinar que reúne a expertos en diversos campos, como metereología, geología, climatología, ingeniería, etc. Su misión es construir lo que llaman la Gran Muralla del Mar, una faraónica obra compuesta por por 3 filas de columnas de hormigón de 6 metros de altura y forma triangular que deben aplacar la fuerza del oleaje, más una segunda pared de forma angular para retener los sedimentos y permitir crecer a los manglares plantados.

Por ahora parece tener bastante éxito -desde luego, más que los desesperados muros de bambú artesanales de los campesinos- pero sólo es un parche. La clave está en frenar la subida de la temperatura de la Tierra y detener así el deshielo, que es lo que realmente aumenta el nivel del agua y sus devastadores efectos.

No es cosa de broma; Tailandia ya ha perdido 600 kilómetros de costa y muchas playas han visto reducida su extensión, algo dramático en un país en el que el turismo es una de las principales fuentes de ingresos. Y mientras, la aldea de Khun Samutchine -que, ojo, sólo está a 45 minutos en coche de Bangkok- ha cambiado su fisionomía y ya sólo se la reconoce en el pequeño museo abierto que muestra su aspecto anterior.

Foto: demotix

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