Arthur Conan Doyle: detectives, dinosaurios y espíritus

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Una curiosa coincidencia me ha llevado a escribir este post: el estar viendo estos días la segunda temporada de una de las mejores series de TV de los últimos años, Sherlock (no se la pierdan, no tiene nada que ver con las pobres películas de Robert Downey y Jude Law), con el aniversario del nacimiento del creador del personaje.

Tal día como hoy, pero de 1859, Edimburgo tuvo el honor de acoger la llegada al mundo de Arthur Ignatius Conan Doyle, que con el tiempo se convertiría en uno de los escritores más importantes en lengua inglesa y alcanzaría cotas de popularidad increíbles para la época.

Y eso que su infancia no fue fácil. Con un padre alcohólico que dilapidaba todos los ingresos familiares en bebida, su madre tuvo que ponerse a trabajar y, por ello, no podía ocuparse del niño. Por eso lo internó en un colegio de jesuitas donde el joven Arthur estuvo hasta los 16 años. Luego se matriculó en la Universidad para estudiar Medicina a la vez que se convertía en un consumado deportista (fue jugador profesional de rugby) y empezaba a mostrar una incipiente y prometedora afición a escribir, a la que le animó especialmente su amigo James Mathew Barrie, futuro autor de Peter Pan.

En 1881, ya licenciado, viajó por África como médico de un buque y luego se casó con Louise Hawkins, que le daría dos hijos antes de fallecer en 1906. Entretanto había dejado el mar para establecer en Londres una clínica oftalmológica que resultó un fracaso. Así que Conan Doyle optó definitivamente por la literatura.

Su creación más conseguida y famosa fue, evidentemente, Sherlock Holmes, un personaje inspirado en uno de sus profesores universitarios que ponía en el candelero las nuevas técnicas de investigación científica que empezaba a aplicar la policía. Tan populares llegaron a ser las aventuras de este peculiar detective que cuando su autor, harto, decidió escribir su muerte luchando contra el archicriminal profesor Moriarty, se armó un escándalo. La editorial se vio inundada de cartas de protesta de los indignados lectores y Conan Doyle, que aspiraba a escribir cosas “más importantes”, no tuvo más remedio que devolver la vida de Holmes en el relato La aventura de la casa vacía.

Él hubiera preferido dedicarse a la novela histórica, siguiendo el ejemplo de otros ilustres escritores escoceses como Stevenson o Walter Scott. Pero no pudo ser y aparte de los 68 cuentos del detective sus obras más conocidas son las que componen la serie El mundo perdido, que narran las expediciones del profesor Challenger a territorios prehistóricos olvidados.

Las únicas novelas históricas que tuvieron cierta repercusión fueron las dos protagonizadas por el brigadier Gerard, ambientadas en la época napoleónica. En cambio sí escribió una crónica de Historia, La guerra de los bóers (que vivió en persona como médico de campaña, al igual que en Sudán), que le supuso el nombramiento de Caballero del Imperio Británico (de ahí que su nombre suele precederse del honorífico título de Sir) por su visión favorable a los británicos. Esto aumentó aún más su popularidad en Inglaterra pero no tanto en Escocia, donde hoy está algo olvidado.

Arthur Conan Doyle falleció en 1930 a los 71 años. La última década la pasó obsesionado con darle carta de credibilidad científica al espiritismo y otras variantes esotéricas (las famosas fotografías de hadas), por la profunda impresión que le produjo la muerte de su hijo mayor en la Primera Guerra Mundial. Paradójico ¿no?, teniendo en cuenta que Sherlock Holmes hubiera hecho todo lo contrario y que a él mismo se le había pedido asesoramiento durante la investigación de los crímenes de Jack el Destripador.