Hiram Bingham y el descubrimiento de Machu Picchu

Como han recordado los medios de comunicación, el pasado 25 de julio se cumplió el centenario del descubrimiento de Machu Picchu por Hiram Bingham. Era el año 1911 y este historiador norteamericano dirigía una expedición arqueológica en Perú para la Universidad de Yale basándose en la información de que un cuzqueño llamado Agustín Lizárraga, ya fallecido, había encontrado unas importantes ruinas en los Andes Centrales nueve años antes.

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Aunque los incas tenían su Camino para subir hasta las montañas, Bingham abrió uno nuevo desde la localidad de Aguas Calientes, después de la estación ferroviaria de Puente Ruinas. Al llegar se encontró a dos familias viviendo en lo que quedaba de antiguas construcciones y un niño le guió hasta el collado que une el Machu Picchu con el Huayna Picchu, las dos alturas dominantes. Allí, oculto por la vegetación, esperaba uno de los grandes hallazgos arqueológicos de la Historia: una ciudad-santuario olvidada, llena de templos, canales, baños, terrazas agrarias y otros elementos que ocupaban un total de 13 kilómetros cuadrados y que el estadounidense identificó inicialmente con Tampu Tocco, la mitológica cueva de tres ventanas de la que surgieron los antepasados de los incas.

No lo era, claro, como tampoco su siguiente teoría: Vilcabamba, la ciudad donde los incas ofrecieron la última resistencia contra los conquistadores. Pero suministró un rico tesoro de miles de piezas que terminaron en EEUU durante cien años, aunque ahora la Universidad de Yale ha aceptado devolver una parte. Bingham regresó al año siguiente para excavar científicamente Machu Picchu y luego publicó sus trabajos en el National Geographic. A su fallecimiento, en 1956 fue enterrado en el cementerio de Arlington.

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